MAYKEL CHACON, Los Llanos
Se llama Jorge Ventura y a sus 61 años espera la jubilación. Un merecido descanso tras muchos años de duro trabajo en las fincas plataneras del Valle. Desde hace una década no se dedica profesionalmente a lo que aprendió cuando era aún un niño, pero sigue siendo la última persona que ejerció el riego mediante el calabazo como profesión remunerada y no como afición que se muestra en las ferias o jornadas organizadas para recordar los juegos y labores tradicionales de La Palma.
Ventura empezó a regar con su calabazo a los 14 años, casi siempre en Argual (Los Llanos de Aridane). Según cuenta, le enseñó su suegro, Pedro Martín Hernández, un veterano que fue premiado por el Gobierno de Canarias con la medalla de oro por su labor y trayectoria como destacado en el mantenimiento y conservación de esta tradición agrícola basada en la necesidad de salvar los desniveles de las terrazas que forma el terreno cultivado, una de las características más particulares del cultivo platanero en la Isla que se vincula al máximo aprovechamiento del suelo disponible.
Los propietarios de las fincas le hacían el encargo, junto a otros calabaceros, para regar por zonas, a razón de 10 duros (50 de las antiguas pesetas) la hora. Esa es la cifra que permanece en su mente como recuerdo imborrable, ya que se trató de la última ocasión en la que trabajó cobrando con el calabazo: "Me acuerdo de que nunca tuvimos un contrato por escrito, porque, aunque nos pagaban un sueldo, ningún propietario de las fincas a las que acudíamos se quiso hacer cargo de la realización de los correspondientes seguros que generaban más gastos".
Siempre se trabajaba en pareja, uno a cada lado de la regadera (pequeño pozo). Era una jornada completa, de sol a sol: "Para regar varios canteros, a diferente altura, nos podíamos pegar todo un día, en función del calabazo que utilizáramos, de su tamaño y la carga, que normalmente iba desde los 12 hasta los 16 litros de agua. Yo casi siempre trabajaba con el de 12 litros, pero aumentaba el tamaño si la regadera no estaba a mucha altura".
El objetivo siempre era el mismo, recoger el agua que pasaba por una acequia o atarjea procedente del caudal para regadío que surtía las Haciendas de Argual y Tazacorte, desde la Caldera de Taburiente. El agua cargada en el calabazo se elevaba hasta la regadera de un cantero superior, un procedimiento vital para poder llevar agua a los cultivos de parcelas sembradas en terrenos con un importante desnivel.
Nuevos sistemas de riego
A mediados de la década de los 80, con la aparición de los nuevos sistemas de riego, "se acabó el curro", tal y como él mismo lo señala: "Pocos años después de la aparición de las redes sólo nos quedaba regar en las jornadas de muestra que se organizan en los días de fiesta o en las ferias", en las que se enseña una tarea tradicional que queda como reducto cultural de las tradiciones agrícolas y que se mantiene gracias a una asociación creada para ello. Jorge Ventura dejó de regar porque se terminaron por cerrar todas las regaderas que habían en el Valle de Aridane: "Ahora el riego por aspersión ocupa toda la extensión cultivada en los tres municipios de la comarca, especialmente en Los Llanos de Aridane y Tazacorte, que era donde más se utilizaba este sistema para el traslado de agua desde la acequia hasta el cantero de plátanos".
Entre sus palabras asoman sentimientos de nostalgia. Y de esa añoranza surge abiertamente una preocupación que aumenta con el paso de los años. Jorge, el último calabacero profesional, teme que esta tradición se desvirtúe y se pierda definitivamente por "los malos usos y el poco respeto" con el que, según dice, se realizan las exhibiciones: "la verdad es que echo de menos cierta organización. Muchas veces a uno se le quitan las ganas de ir a estas jornadas para ver como la vieja profesión, hoy convertida por necesidad en juego, se termina transformando en un cachondeo".
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD