Hubo una época, por cierto no muy lejana, en la cual los gomeros procuraban trabajar, por este orden, para la Administración pública, para Ferry Gomera y para Liligomera. Un puesto de funcionario siempre ha sido un chollo, pero sobre todo en épocas de crisis. Liligomera fue la empresa montada por Otto Muehl y su Comuna de Acción Analítica para gestionar el tinglado de El Cabrito. Pagaban bien y con puntualidad. En cuanto a Ferry Gomera, una empresa actualmente integrada en Fred Olsen -su compañía matriz de siempre-, no creo que necesite ninguna presentación adicional. Durante décadas, la firma Fred Olsen ha sido sinónimo de solvencia en Canarias. Por eso cuando afloran públicamente sus dificultades -en el ambiente marítimo y portuario se conocen desde hace tiempo-, cabe pensar que la debacle en la que estamos inmersos es superior a lo que uno piensa. Que no es poco.
No obstante, las dificultades de esta compañía quizá se hubiesen producido sin necesidad de que se hundiera el sistema de hipotecas basura en Estados Unidos. La primera vez que subí a uno de esos barcos rápidos, creo recordar que para realizar una travesía de Los Cristianos a La Palma con escala, precisamente, en La Gomera, me pregunté hasta cuándo se podría navegar en aguas de este Archipiélago a esa velocidad. Es decir, con semejante consumo de combustible. Fred Olsen acertó al establecer líneas que unen las islas por sus puntos más próximos, pero erró al elegir el tipo de barcos. A los canarios no les gusta viajar por mar. Algo difícil de comprender no sólo para un noruego -los vikingos vivían en el mar y, a veces, bajaban a tierra para descansar-, sino también para cualquiera que le eche un somero vistazo al mapa de este archipiélago: siete islas y algunos islotes salpicados constantemente por la espuma del Atlántico. No se trata, empero, de una mar fácil. Salvo en contados días de calma chicha, son pocos los que pueden ir de Santa Cruz a Las Palmas sin marearse como una cabra. Yo mismo sigo pasándolo mal algunas veces, pese a los días de navegación que tengo sobre las cuadernas. Se quiera o no, el Atlántico nunca será el Mediterráneo. En definitiva, un canario se sube a un barco cuando no le queda más remedio. Verbigracia, para ir de Los Cristianos a La Gomera, ya que el aeropuerto de la isla colombina, mal que le pese a Casimiro Curbelo, siempre será un capricho caro y disparatado, sin la menor rentabilidad ni posibilidad alguna de conseguirla. Para las otras conexiones, preferimos mayoritariamente el avión. Sólo cuando vamos de vacaciones, y cuando por cualquier otro motivo -incluyendo los asuntos profesionales- hemos de viajar con nuestro vehículo, optamos por el barco. Y en tales circunstancias, la prisa -en definitiva, la duración de la travesía- es un factor secundario.
Con este escenario -y no hay otro-, la crisis de Fred Olsen estaba anunciada desde que el petróleo superó el listón de los 130 dólares por barril. Con el precio actual del oro negro no se puede navegar consumiendo 6.000 litros de gasoil cada hora, máxime cuando en Canarias este tipo de combustible supera en carestía a la gasolina normal. Quién lo iba a decir hace unos años. Basta comparar los precios actuales de los billetes de Fred Olsen con los de su competencia directa -Líneas Armas- para advertir hasta qué punto están en desventaja sus embarcaciones en relación con los barcos convencionales. Al final, y eso es lo que cuenta, más paro, menos dinero para mantener el consumo -Canarias vive en gran parte del consumo interno-, con lo cual aumentará el desempleo y se esfumará la poca capacidad que todavía le queda a las familias para comprar algo que no sea de estricta necesidad. Malo, malo, malo.
rpeyt@yahoo.es
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD