Me llama un amigo en plena ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos. Quiere saber si estoy viendo el espectáculo. Hasta ese momento la verdad es que no. Hace tiempo que dejaron de interesarme ciertos ritos. Los grandes acontecimientos deportivos han dejado de ser una fiesta del deporte para convertirse en una exhibición de la excelencia del país organizador. No digo nada nuevo al afirmar esto. "Pero es que ha renacido un imperio", insiste mi amigo. "El 11 de septiembre, cuando el ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono, comenzó a eclipsarse el poderío occidental. Ahora le ha llegado el turno a China".
Lo peor es que tiene razón. No porque sea malo que un país con 10 millones de kilómetros cuadrados de superficie y más de 1.300 millones de habitantes, cuya capital los pollabobas que chapurrean el inglés y presumen de modernos ya no llaman Pekín sino Beijing -la Real Academia recomienda que en castellano se utilice el tradicional Pekín- pase a ocupar el liderato mundial, sino porque el modelo occidental no se circunscribe únicamente al poderío económico, político y militar de Europa y Norteamérica. Nada de eso. Occidente representa, o al menos ha representado hasta ahora, la libertad individual. Eso que a veces se llama democracia. El presidente de Estados Unidos puede ser un bárbaro ignorante y el de Francia un individuo sagaz y frívolo, de la misma forma que Berlusconi puede ser lo que se dice que es. Pese a todo, los norteamericanos, franceses e italianos pueden quitarse de encima a un bárbaro, a un coqueto y a un pillo -dejémoslo sólo en pillo- cuando concluye una legislatura. Esa es una posibilidad al alcance de cualquier país libre. Los chinos, en cambio, tienen un poco más difícil sustituir al presidente del país y al jefe del Gobierno. No serán precisamente unas elecciones democráticas las que apeen del poder, si esa fuese la voluntad popular, a Hu Jintao y a Wen Jiabao, políticos que ostentan, respectivamente, los citados cargos.
¿Podrá Londres organizar un espectáculo similar en 2012? Esencialmente, no. Para organizar un espectáculo como el de ayer no basta con tener mucho dinero. Lo más importante es el esfuerzo humano. Y eso sólo se consigue con trabajo y disciplina. Algo, por lo demás, también apuntado por mi amigo en su rápida y emocionada llamada. ¿Estamos dispuestos los occidentales a esa disciplina colectiva? Aunque la pregunta adecuada acaso sea otra con un mayor nivel de ajuste fino: ¿nos conviene estar dispuestos a esa disciplina colectiva?
Que responda cada cual según sus criterios. Tan sólo me limito a subrayar un par de ideas. Con setenta años de diferencia y unas posibilidades tecnológicas que no existían en la Alemania de 1936, el citado rigor gremial de ayer en Pekín es similar al de los faustos del Berlín hitleriano. No nos engañemos. Pertenecer al Partido Comunista Chino -requisito imprescindible para ser alguien y hacer algo en el hoy renacido Celeste Imperio- se le concede sólo a los elegidos; a los que se portan bien. Al final, porque la historia siempre es pendular, dos mil individuos moviéndose sin un milímetro de desorden y ni una décima de segundo de adelanto o retraso sobre el compañero, recuerdan a diez mil fanáticos haciendo lo mismo en Núremberg. Tengámoslo presente.
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