Frente a la opinión de sus eternos críticos, confieso sin rubor -la vergüenza ya no es un mérito- que siempre tuve infinita fe en la no menos infinita capacidad de Rodríguez Zapatero para resolver el problema de la inmigración. Bastaría, eso pensaba y pienso, con una legislatura de gobierno socialista para que España dejase de ser un país económicamente atractivo. Los paraísos, incluso aquellos en los que luce el sol todo el año, pierden gran parte de su encanto cuando uno no tiene un euro en el bolsillo. Así, leo sin sorpresa que se disparan las solicitudes de trabajadores inmigrantes -hoy inmigrantes en paro- que desean volver a sus países de origen. Cabe esperar que dentro de tres años y pico, cuando el PSOE haya tenido tiempo suficiente de desarrollar plenamente su política económica, España vuelva a ser lo que siempre fue: no un país rico al que quieren venir los foráneos para vivir mejor, sino un país en esencia pobre del que deben emigrar sus propios habitantes no para vivir mejor, sino simplemente para poder vivir.
A estas alturas del artículo, más de uno, más de dos y posiblemente más de cuarenta estarán objetando que el Gobierno central no tiene culpa de una crisis cuya amplitud supera con mucho las fronteras españolas, y cuyas raíces no están en España. Cierto. De la misma forma, ni este Ejecutivo, ni el anterior, ni siquiera los gobiernos del PP que antecedieron a los actuales del PSOE, son responsables de que en este país se haya construido sin el menor sentido de la dimensión. Se lo preguntaba Pedro Solbes hace pocos días en una entrevista amable: ¿puede un gobierno prohibirle a los empresarios que construyan más de lo que es sensato construir, y a la banca que conceda créditos tan alegremente como los ha concedido? Desde luego que no; al menos mientras funcionemos con un sistema de libre mercado. No obstante, hay cosas que sí puede hacer un político responsable cuando ya se barrunta la presencia del lobo.
Lo primero, decir la verdad. Parafraseando un anuncio de televisión muy repetido hace bastantes años, hay algo peor que enterarse: no enterarse a tiempo; conocer la verdad puede ser doloroso, pero sólo conociéndola podemos solucionar el problema. O al menos intentarlo. Pedro Solbes ocultó, por una mera cuestión de propaganda electoral, la gravedad de la crisis que ya teníamos encima durante su debate con Manuel Pizarro. Zapatero no sólo la ocultó durante la campaña electoral, sino que incluso ridiculizó a quienes hablaban de ella -incluido Paulino Rivero- una vez que ya había ganado las elecciones. Sólo recientemente, con los índices de paro disparados, la inflación en cifras que ya creíamos relegadas a nuestra prehistoria económica y unas perspectivas de crecimiento por debajo de la media comunitaria, sólo entonces, repito, ha admitido el presidente unas ligeras dificultades. Sobra añadir que en un país cabal esto conllevaría un castigo contundente en las urnas. Más aun: suscitaría tantas protestas desde ahora mismo, que Zapatero sería incapaz de concluir la legislatura; no le quedaría otra opción que las elecciones anticipadas.
No es el caso de España, donde la ideología sigue secuestrando las voluntades como en los peores años treinta. Qué le vamos a hacer.
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