LA SEMANA PASADA, cuando releía mi artículo sobre "los abuelos alegres y con marcha", enseguida me vino a la cabeza una abuela que tuve el privilegio de conocer y tratar. Y que para mí ha sido o es un ejemplo de la relación ideal entre abuelos y nietos. Digo abuelos, porque detrás de ella estaba el abuelo -su marido- siempre disponible, sobre todo con el coche siempre reluciente; pero la que organizaba, dirigía o movía toda la "movida" con sus nietos era ella. Era una mujer con garra y con garbo.
Todos sus nietos durante el curso vivían a bastante distancia de ellos. En realidad, y a pesar de los años, les gustaba tener su intimidad matrimonial; me le lo dijeron en una ocasión y me dejaron sorprendido. Pero reservaban el verano para sus quince nietos -nietos y nietas. Sin embargo, esta abuela seguía manteniendo el contacto durante el resto del año con sus nietos a través de algo insólito para hoy, por correo postal -de todo esto no hace tanto. Escribía unas cartas entrañables, animosas y a la vez exigentes; a mano y con una letra clara y muy coqueta, que a veces acompañaba de una poesía o breve referencia bibliográfica, sugiriendo la lectura de un libro. Con qué ilusión he oído a alguna de sus nietas: "¡Carta de la abuelita!". El teléfono se reservaba para fiestas excepcionales, como un santo, cumpleaños o para recoger a alguna o alguno en Barajas o en la Sepulvedana -una línea de autobuses.
Finalizado el curso, el viaje a casa de los abuelos era un sueño hecho realidad; pero a la llegada, después de los besos y abrazos, siempre tan cariñosos y efusivos, había un pequeño detalle más prosaico, que era enseñar el boletín de notas. Era un tema al que le daban mucha importancia estos abuelos. Ya se sabe, entre tanto nieto siempre había alguno que el curso no le había salido "redondo". No había reproches, comparaciones, regañinas, ni grandes elogios. Había que enseñar la notas y ver la cara de la abuela -esto no enardecía, ni traumatizaba a nadie y a más de uno/a le motivaba durante el curso. Generalmente, la mayoría llevaban buenas calificaciones. Además, era unos abuelos que no toleraban a sus nietos que les mintiesen, y menos con las calificaciones escolares.
La abuela siempre ponía énfasis en el esfuerzo que habían hecho los padres durante el curso y si alguno no se había trabajado lo suficiente, que pensara en ellos. Tampoco toleraba las quejas que, alguna vez, intentara hacer algún nieto/a de sus padres; los conocía perfectamente y sabía cuáles eran los proyectos educativos y las costumbres de cada uno de sus hijos. Confiaba en sus hijos y en sus hijas y allí no se hablaba mal de nadie.
Sería largo contar la infinidad de cosas divertidas que hacían estos nietos durante el verano en casa de los abuelos; lo más importante, si a alguien le quedaba alguna asignatura pendiente era recuperar -la abuela preguntaba todos los días. Después, tanto ellos como ellas, a ayudar en las tareas de la casa, cocina y la limpieza; y, según las aptitudes de cada uno, creo yo, coser, pegar botones, calceta, bordar, punto de cruz y hacer "bolillos". También tenían piscina mañana y tarde, en la piscina la abuela era una más. Así se las gastaban.
Para los padres, la mayoría con familia numerosa, era un lujo. Poder disponer de un mes, y si hiciera falta más, contando con alguien que se hace cargo de los hijos y que sigue la misma línea educativa, es muy de agradecer. Claro que lo hijos tampoco abusaban. Eran cuatro y durante los dos meses de verano siempre había algún matrimonio en casa de sus padres. Aunque, curiosamente, nadie interfería, si acaso colaboraba, en el programa educativo, recreativo y de festejos de la abuela en verano. El abuelo se limitaba a controlar la piscina, regar y cortar el césped, leer un periódico de Madrid o un libro, además seguir la vuelta ciclista a Francia y la pretemporada y fichajes del Real Madrid.
De todas estas actividades de la "abuelita", las que más me sorprendían era la reñida partida de tute o de dominó, después de comer -decía, y es cierto, que el dominó es muy bueno para el cálculo mental- y el ensayo de la obra de teatro con todos los nietos, y adaptada a ellos, que representaba al final del verano, cuando coincidían el mayor numero de padres. Seguido de un apoteósico fin de fiesta, donde de uno en uno, por pareja o trío -para no alárgarlo- cada nieto exhibía sus habilidades y sorprendía a sus padres como cantante, rapsoda, poeta o payaso. Todo terminaba con una suculenta merienda, elaborada y servida por los propios actores. Para los mayores, el vino era exquisito.
La edad no perdona y además es ley de vida. Primero falleció el abuelo y al poco tiempo la abuela -pienso que no sabían estar el uno sin el otro. Durante el corto tiempo de la enfermedad de la abuela, nunca le faltó una nieta o nieto a su lado, para oír o ver en el televisor una zarzuela, para leerle el capítulo de un libro o algún poema, para rezar o para lo que hiciera falta. Con el abuelo no hubo tiempo, se fue muy rápido, y como era su estilo, sin molestar. Tanto uno como otro murieron en familia, rodeados de sus hijos, nietos y bisnietos. No me cabe la menor duda de que ahora seguirán de la mano por el cielo.
* Orientador familiar
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