Cuando hace poco más de una semana han excarcelado a un señor que se ha pasado trece años entre rejas por una violación que no cometió, uno debería estar lo suficiente curado de espanto para no sorprenderse ante nada. No obstante, me sigo echando manos a la cabeza ante ciertas historias que me cuentan. Una de ellas es la de otro señor al que hace cuatro años acusaron de abusos deshonestos con un menor. Una imputación fácil en su caso, pues dedicaba las horas libres a entrenar equipos infantiles en determinado deporte. No especifico más, pues bastante calvario ha tenido la víctima durante todo este tiempo. La víctima en este caso no es el menor que lo denunció, o los padres del menor que vieron la oportunidad de sacar tajada, sino el denunciado. De momento, y para que se fuese enterando de lo que vale un peine, estuvo casi dos meses en la cárcel. Al parecer, la abogada que inicialmente se hizo cargo del caso era un poco novata y desconocía que, sin la existencia de pruebas fehacientes contra su cliente, podía haber solicitado al menos la libertad bajo fianza de forma inmediata. Un nuevo letrado que contrató arregló las cosas y consiguió salir de prisión hasta que se celebrara el juicio. Sobra decir que no perdió su puesto de trabajo de milagro.
En los cuatro años que mediaron entre los falsos abusos y el juicio -sabía que la Justicia era lenta, aunque no tan lenta- ha tenido que soportar miradas insidiosas de sus vecinos e incluso allegados, además de vivir permanentemente con una espada de Damocles sobre su cabeza. Juicios tengas y los ganes. O, como me dijo una vez un abogado viejo, para salir victorioso de un tribunal no basta con tener la razón. Debes demostrar que la tienes y, además, tienen que dártela. En definitiva, que Dios nos coja confesados.
El calvario de esta persona concluyó hace unos días cuando, finalmente, fue absuelto de todos sus cargos. De reclamar daños y perjuicios, mejor dejarlo. Al menos eso es lo que le aconseja su abogado, habida cuenta que quienes lo denunciaron no tienen donde caerse muertos. Eso sí, parece que de hijoputez andan bastante sobrados.
Un caso no tan sangrante, aunque si esperpéntico, le ha ocurrido a otro señor de Santa Cruz, que un día se encontró con una denuncia por agresiones formulada contra él en un juzgado de una ciudad peninsular. ¿La referencia? Pues la matrícula de uno de sus coches que jamás ha sacado de Tenerife. Alguien debió confundir los guarismos de las placas, y lío armado. Hasta aquí, normal. Errar es de humanos. Lo que no parece tan normal es que tuviese que desplazarse a la no citada localidad peninsular para demostrar su inocencia. Pero eso es lo que tuvo que hacer, pagando el viaje de su bolsillo, para no complicar todavía más la situación.
Que nadie me entienda mal: la pederastia es un delito execrable que merece, a mi juicio, penas incluso más duras que las contempladas en el Código Penal. Pero para los culpables. Y la única forma de determinar, en un país libre y democrático, si alguien es culpable o inocente es celebrar un juicio lo antes posible. Cuatro años después, no; cuatro años después el reo en cuestión ya ha pagado algo más que la pena de banquillo, haya cometido o no el delito del que se le acusa.
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