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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

La generación de la calculadora

4/ago/08 01:34
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DURANTE mucho tiempo he oído comentarios de directivos sobre la preparación profesional de los jóvenes que se incorporan a las empresas. Comentarios, vaya eso por delante y pésele a quien le pese, manifiestamente mejorables. Algo que no encaja con la idea de que tenemos la generación mejor preparada de nuestra historia.

Cuando se aborda este asunto conviene no caer en los moldes de siempre. Los jóvenes piensan -lo han pensado siempre- que todos los males de este mundo se deben a la incapacidad de la generación que les ha precedido -es decir, de sus padres- para resolver los problemas más simples. Lo paradójico está en que esos mismos jóvenes, cuando se transforman en personas maduras y tienen hijos jóvenes, piensan que todos los males del mundo se deben a las locuras de la juventud. Resulta significativo al respecto la existencia de una tablilla babilónica, escrita más o menos en el año 2.500 antes de Cristo, en la que su autor lamentaba un fin próximo de la civilización "porque los hijos ya no obedecen a sus padres". Quizá sin la rebeldía de la juventud todavía viviríamos en cuevas.

¿Estamos, entonces, ante un problema de falta preparación o de excesiva ausencia de profesionalidad juvenil en la sociedad actual? Hace tiempo que intuyo la respuesta a esta pregunta, si bien no fue hasta hace pocas semanas, cuando solicitaba aclaraciones a diversos cargos en una factura que al final pagué, cuando tuve una evidencia precisa de dónde está el núcleo de esta controversia. Ante la necesidad de aplicarle un 16 por ciento de IVA a la cantidad resultante, la señorita que me atendía, con aire de profesional infinitamente formada, me rogó amablemente que esperase a que su compañera terminara de atender a otro cliente, pues su calculadora tenía una tecla para calcular porcentajes y la suya no. "Multiplique por 16 y divida por 100; con eso basta", traté de explicarle. Inútil intento. Hasta que no consiguió la calculadora con la tecla del porcentaje, fue incapaz de tasar un vulgar guarismo.

Calvario semejante al de una profesora de matemáticas cuya hija, ya alumna universitaria, es incapaz de multiplicar un par de números sin calculadora. Y, acaso eso sea lo más curioso, no tiene mal expediente como estudiante. Incongruencia con la que también se tropiezan otros docentes de universidades y escuelas técnicas. Así, hay discípulos de aeronáutica que entregan ejercicios en los que un supuesto avión vuela a menos un montón de metros de altura -es decir, bajo tierra-, y aspirantes a marinos que sitúan un barco navegando, felizmente, varias millas tierra adentro. En definitiva, lo que dice la calculadora y el ordenador va a misa. Supongo que antes, cuando las cuentas había que hacerlas con una complicada regla de cálculo o las no menos tediosas tablas de logaritmos, uno dudaba más de los resultados; eso daba cierta ventaja a la hora de excluir los disparates.

Pese a todo, los estudios al respecto persisten en demostrar que, al menos durante todo el siglo XX, cada generación ha sido más inteligente que la anterior, excepto -qué casualidad- en el manejo de la aritmética y el vocabulario. Pero ese es un tema apasionante, merecedor de un artículo monográfico que les prometo dentro de un par de días.

rpeyt@yahoo.es

 

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