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COMENTARIO NACIONAL ANTONIO PAPELL

Iglesia-Estado

4/ago/08 01:34
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El presidente de la Conferencia Episcopal fue recibido el viernes por el presidente del Gobierno cinco meses después de la elección de aquél por sus pares, en un clima frío y no sin que el arzobispo de Madrid filtrara su desagrado por la forma de haber sido convocado, ya en agosto y con tanto retraso (su predecesor, Blázquez fue citado y recibido por Zapatero en días tras su elección).

Hubo corrección en el encuentro, de poco más de una hora -poco tiempo para tan ardua agenda-, pero está por ver si la representación oficial de la jerarquía católica sigue por sus fueros, en la línea que adoptó junto a la oposición conservadora, política y mediática, durante la anterior legislatura, o si ha decidido compartir con Mariano Rajoy su aparentemente sincero viaje al centro.

Este artículo -conviene precisarlo- trata de política y no de religión, por lo que nadie debe sentirse herido en sus creencias íntimas. Pero en cualquier análisis es inevitable recordar que fue la Conferencia Episcopal, a través de sus medios de comunicación, la que sostuvo enfáticamente durante un cuatrienio la "teoría de la conspiración", una mendaz fabulación que atizó el fuego de la crispación pasada. Fue también la Conferencia Episcopal -con Rouco Varela en la vicepresidencia y Blázquez en los cerros de Úbeda- la que llevó a cabo, en vísperas del 9-M, una intensa y afilada campaña electoral junto a los efectivos de la derecha extrema. En una concentración sobre la familia celebrada al final de 2007 y en una "Nota electoral" publicada en vísperas de la campaña, el "ala dura" del obispado acusó a la mayoría política de entonces -que es la misma que ahora- de debilitar la democracia, de violentar los derechos humanos, de atacar las libertades fundamentales y de haber negociado con ETA asuntos innegociables. Durante la legislatura pasada, la Iglesia y la espada -la de la oposición conservadora- fueron de la mano, incluso en ruidosas manifestaciones callejeras.

La Conferencia Episcopal se ha quedado sin embargo gravemente descolocada tras el viraje de la cúpula del Partido Popular. Rajoy, inteligentemente, ha entendido el mensaje de la ciudadanía y si antaño se dejó arrastrar por los aduladores radicales que lo conducían a los arrabales más remotos de la política, ahora ha impuesto su estilo moderado y tranquilo. Y del mismo modo que los medios que cabalgaron a lomos de la crispación se han quedado ahora literalmente colgados de la brocha, también Rouco y sus partidarios, desorientados, acusan la deserción. La Iglesia oficial ha cometido un tremendo error, impropio de su experiencia, al aceptar vincularse tan estrechamente a una estrategia coyuntural errónea.

La cara adusta de Rouco en la reunión con Zapatero y sus parcas manifestaciones institucionales parecen indicar que el arzobispo de Madrid es consciente de su traspiés. Además, la actual mayoría ha dado pruebas de gran moderación en el inaplazable camino de extensión de la libertad religiosa -que obliga a abrir el abanico de las diversas religiones en plano de igualdad- y de separación real entre Iglesia y Estado, es decir, entre el ámbito religioso y el espacio público. No hay una carrera laicista pero sí un interés prudente en avanzar en el bíblico deslinde entre lo que es del César y lo que es de Dios. Por supuesto, Educación para la Ciudadanía, que no compite con ideario moral alguno sino que se limita a extender benéficos criterios civiles de tolerancia y de respeto, seguirá adelante, y el Derecho -de familia, civil, penal, etc.- emanará como hasta ahora del Poder Legislativo y no de los dogmas de religión alguna.

Es triste constatar en todo caso que después de que la Iglesia contribuyese de forma relevante al nacimiento de la democracia y a la reconciliación entre españoles -la figura del cardenal Tarancón luce hoy más que nunca-, la vieja curia haya vuelto a las catacumbas de la reacción y del oscurantismo. La semilla de odio que se ha lanzado desde medios a ella vinculados, y que por fortuna no ha logrado arraigar, es una pesada carga sobre el sentido de responsabilidad de quienes, después de aquello, pretenden ahora hacer como si nada hubiese ocurrido.

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