El dicho reza que el tiempo pone a cada uno en su sitio.
En estos días hemos asistido a la inauguración del nuevo espacio formado por la plaza de España, la Alameda del Duque de Santa Elena y la plaza de la Candelaria, un lugar que ya es referencia arquitectónica y espacio emblemático de la capital. Por enésima vez se ha dado la circunstancia de que tras polémicas ficticias, mentiras y ataques virulentos al proyecto, la gente, los vecinos, el paseante, el ciudadano, el visitante, en su inmensa mayoría, se siente satisfecho con el resultado, algunos, incluso, orgullosos, como es mi caso, de la plasmación del proyecto de Herzog&DeMeuron.
Hace quince días hablé aquí mismo de ese proyecto, antes de su inauguración, augurando que iba a ser un éxito. Y lo decía por convicción y por deseo a partes iguales. Santa Cruz se merece que seamos un poco más precavidos a la hora de sojuzgar las cosas antes de que se concluyan o lleven a efecto. Pero también debo decir que ese espíritu crítico es bueno siempre que se encamine hacia la aportación, no hacia la destrucción.
Ejemplos en el pasado reciente, muchos y variados. ¿Se acuerdan de las discotecas del parque García Sanabria?; ¿se acuerdan de la tala indiscriminada que aparecía en los medios?; ¿recuerdan cómo, incluso políticos municipales, se atrevían a poner en duda el proyecto tachándolo de especulación inmobiliaria? No vale la pena recordarlo porque el resultado está ahí, tenemos un parque magnífico, que, sin perder su esencia, se ha modernizado y actualizado. Ahora toca mantenerlo en condiciones para ser el orgullo verde de esta ciudad tras Anaga.
Otro ejemplo: el tranvía. Hoy en día es inimaginable para los tinerfeños que viven en el área metropolitana la no existencia del metro ligero. Fue un auténtico calvario de barbaridades las que tuvieron que soportar las administraciones implicadas en el proyecto del tranvía. ¿Dónde están ahora esas voces falsarias y demagógicas?, ¿dónde están esos "expertos" en la materia que auguraban un fracaso estrepitoso del "juguete de Melchior", como lo llamaron muchos? Están escondidos y el que está bien visible es el presidente del Cabildo tinerfeño, que, sin duda, pasará a la historia de la Isla por el tranvía y por muchas cosas más.
Recuerdo, también, hace ya más tiempo, la virulencia hacia el Plan Urban de Santa Cruz. ¿Se imaginan ustedes ahora el centro de Santa Cruz sin peatonalizar? ¿Fue una locura rehabilitar el entorno de la calle de La Noria? Está claro que no.
Son sólo tres ejemplos de cómo en esta tierra están instalados, por unos pocos, una especie de negatividad e inmovilismo hacia cualquier movimiento que implique cambios. Es cierto que se corren riesgos, pero para eso estamos los políticos, para asumirlos y que las urnas después juzguen nuestra labor. Y me refiero a riesgos estratégicos, de concepción de nuestra ciudad, porque el afán ha sido siempre que Santa Cruz avance.
Creo que proyectos tan criticados antes de su conclusión como los referidos han modernizado nuestra capital. Hay otros, como el barranco de Santos, la circunvalación viaria, el muelle de enlace, la plaza de toros o la recuperación del litoral, que sufren, y lo seguirán haciendo, por desgracia, esa negatividad, ese empecinamiento de que todo se hace mal, algo que no se corresponde con la realidad. Sería deseable que en el futuro los proyectos de mejora de Santa Cruz se afrontaran con un poco más de optimismo, de esperanza en que las cosas van a ir más a mejor que a peor, para no sólo disfrutar del resultado, sino del proceso. No sólo hay que ver los problemas inmediatos -que sé que son duros para los afectados por muchas obras- sino la solución y el beneficio futuro.
Invito a quien no lo haya hecho a que acuda a la plaza de España para disfrutar, para sentirse orgulloso de la ciudad, pero no se bañen en el lago, que es una fuente, y puede ser peligroso para la salud.
* Alcalde de Santa Cruz y diputado en el Parlamento de Canarias
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD