Justo cuando el domingo pasado algún que otro despistado lector leía el primero de estos reportajes acerca de lo que el deporte representa en nuestra sociedad actual, que no siempre fue así, otro hecho venía a dar relieve español y universal a otro deporte como es el de la bicicleta, en ocasión de que un ciclista español y abulense (que apenas cabe mayor españolidad en este país que se desintegra con voluntad progresista y destructora) ponía el nombre de nuestra patria, mal que pese a más de un "colonizado", en los labios de todo el mundo, en las primeras planas de los periódicos de los cinco continentes y en las radios y televisiones que inundan este planeta llamado Tierra. ¿Qué había pasado, Dios mío? Simplemente, que un españolito más había ganado algo que se llama "Tour de France" y que sólo es un deambular por tierras de gabachos durante dos semanas a lomos de caballo mecánico, subiendo empinadas cuestas, en competiciones que llaman "contra el reloj" y en desafíos de centenares de kilómetros. El cómo es posible que cualquier humano resista tremendo esfuerzo es algo que está siendo investigado concienzudamente hasta por la policía, que, de vez en cuando, mete en chirona a alguien que se ha pasado de la raya en la ingesta (¡menuda palabreja, usted!) de medicamentos y similares. Porque, después de todo, no era la primera vez que un español vencía en estas dos semanas largas de competición, sino que con anterioridad ya los habían hecho otros seis, desde el archifamoso Bahamontes hasta el coloso Indurain, que la ganó no una, sino hasta cinco y una detrás de la otra (lo que luego superaría un tal Armstrong, yanqui para mayor vergüenza, que esta gente está en todo) e incluso el año pasado y el anterior también fueron españoles los ganadores. Mientras, el mundo seguía su curso sin los alborotos de este año de crisis económica, perdón, de "desaceleración acelerada", Zapatero dixit. ¿Entonces? De nuevo el "panem et circensis" del pueblo romano.
Porque esto de la bicicleta, hoy en día tan en boga, tampoco era así hace decenios. En mi infancia, solo tenían bicicleta los hijos de familia pudiente, entre las que no me encontraba yo, que nunca tuve una, con máquinas que hasta tenían un faro que se encendía cuando uno le daba a los pedales, y mi única experiencia ciclista tenía lugar cuando subía a La Laguna en la guagua para estudiar sexto de Bachillerato, allá por los años 36/37, porque habían cerrado el de Santa Cruz, y alquilábamos una bicicleta al módico precio de una pesetilla en un local situado en la calle Núñez de la Peña, casi en la esquina con la calle Bencomo, lo que confío me confirme Leocadio Machado. En aquellos no sé si felices tiempos, pero sí que lo fueron para mí y los de mi quinta, la bicicleta tenía más bien un uso artesanal y de trabajo, y el reparto de muchas cosas se hacía mediante bicicleta, con remolque o sin él, y ese fue el origen del campeonísimo Bahamontes, que se dedicaba en su pueblo toledano al reparto de leche en este artefacto. E imagino que algo parecido le habrá sucedido antes de nuestra guerra civil a Antonio Trueba, "la pulga de Torrelavega", que ganó el Premio de la Montaña que tantas veces conquistaron otros españoles, o a Berrendero, que tuvo luego un taller de bicicletas en Madrid. Pasadas las penurias de los año 40, ya en los 50 era posible que los hijos de personas con cierto nivel de trabajo pudiesen tenerla y ese fue el caso de mi hijo, que tuvo lo que su padre no consiguió nunca. ¡Cosas de la dictadura!
Y es que el deporte, en sus múltiples aspectos, ha llegado a invadir nuestra sociedad y en estos momentos el que más y el que menos está pendiente de lo que suceda en la Olimpiada de Pekín, que ya tampoco es Pekín como nos enseñaron en la escuela, sino Beijing en el mejor de los casos, donde, en cita cuatrienal, una cincuentena de españoles deportistas y deportistos (dicción de la ministra Bibiana) se van a batir el cobre con centenares de otros países en un afán de superación colectivo por demostrar quién es el mejor en unas especialidades deportivas que van, por ejemplo, del fútbol a la natación, del boxeo al ciclismo, del atletismo a la hípica. Prácticamente toda la humanidad va a estar pendiente durante un par de semanas de lo que suceda en aquellas lejanas tierras
Y el espíritu de lucha que se desarrolla en las competiciones no individuales como es el fútbol o el baloncesto (donde, mire Vd. qué cosas, hasta hemos sido campeones del mundo) es algo hoy en día consustancial con las empresas comerciales o industriales, donde el "espíritu de equipo" es una de las características indispensables para el éxito económico. Tanto es así que en un reciente artículo que la escritora inglesa Lucy Kellaway publica semanalmente en el diario económico madrileño "Expansion" y que es reproducción de otro del "Financial Times", reflejaba los resultados de una encuesta entre altos cargos de empresas del tipo de las indicadas, y en casi todas ellas resultaba que el entrevistado había sido en su juventud capitán de victoriosos equipos deportistas y que ese espíritu adquirido en la lucha juvenil se había reflejado con idéntico fruto en la gestión empresarial. Por cierto, que la escritora se lamentaba de que no hubiese deportes compartidos simultáneamente por hombres y mujeres ya que éstas se encontraban generalmente en condiciones físicas de inferioridad, a lo que me permití corregirle, y ella aceptó ante la claridad de los hechos, ya que en la hípica, deporte olímpico en el que una vez destacamos los españoles, siempre a "lomo" de militares profesionales, competían tanto hombres como mujeres, ya que el esfuerzo físico lo hacía el caballo con independencia de quien lo montase y guiase.
Caben otras consideraciones sobre este tema con especial referencia a nuestras Islas, pero eso será objeto de una tercera comunicación.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD