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JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

Con perdón...

1/ago/08 01:55
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ESCRIBO estos artículos intrascendentes con el único propósito de hacer pasar unos minutos entretenidos a mis lectores -afortunadamente tengo muchos amigos que lo demuestran, leyéndome y dándome ánimos-, evitando con toda intención las polémicas, las discusiones sin sentido y las actitudes moralizantes. Por eso -ya lo dije cuando comencé a colaborar en EL DÍA- no escribo nunca sobre religión, política o fútbol, temas estos sobre los que los españoles parecemos ser consumados expertos. Basta pasar, haciéndose uno el despistado, por los corrillos que habitualmente se forman en bares y cafeterías para sonreír al oír las lecciones magistrales de sus contertulios. Se cortan cabezas, se destruyen actuaciones, se desprestigia al que aún no está manchado...; consecuencia, es posible, del arraigo del deporte nacional por excelencia: la envidia. Y no es que a mí me guste, como suele decirse, nadar y guardar la ropa. Lo que pretendo es evitar las controversias absurdas, ya que muchas de ellas tienen su base en el desconocimiento del tema que se discute. Por poner un ejemplo, sólo un ejemplo, ¿dónde están los que censuraban a Luis Aragonés por no incluir entre los seleccionados a Raúl? ¿Son los mismos que ahora lo juzgan -y condenan- por haber fichado como entrenador en Turquía?

Está visto que el ser humano es muy voluble. Si guardásemos en nuestro cerebro una hemeroteca que recogiese las declaraciones de los personajes más o menos populares -músicos, escritores, políticos, artistas de todo tipo?-, nos daríamos cuenta de las contradicciones que cometen cuando, pasado cierto tiempo, dan su opinión sobre un tema que ya con anterioridad habían tratado. Si algún periodista avispado -haberlos haylos- se percata de ello y lo saca a la luz, el personaje de marras se descuelga con afirmaciones que ni él mismo se cree: sus palabras fueron mal interpretadas, el entrevistador le dio otro sentido, no se deben extraer ciertas expresiones del contexto, etc. Disculpas, repito, que nadie cree. Como dijo Ortega -mejor no decir Ortega y Gasset, porque muchos creen que se trata de dos personas-, 'yo soy yo y mis circunstancias'. En efecto, hoy decimos una cosa y mañana -o el mismo día, si se tercia-, si la situación ha cambiado, decimos otra sin que se nos caiga la cara de vergüenza.

Tras los circunloquios de rigor, tras "amorosar" al lector para que entienda mi punto de vista en el asunto que voy a tratar, creo que ha quedado claro que mis artículos no pretenden ir contra corriente, pero tampoco pretendo que ésta me arrastre, sobre todo cuando se manipula con el prestigio profesional de quienes, por su valía, están en boca de todos. Sería muy larga la lista de quienes pasarán a la posteridad como innovadores. Nosotros, como miembros de la sociedad, podemos ejercer nuestro derecho criticando sus obras -recordemos las que sufrieron Matisse, Picasso, Juan Gris, Rodin, Debussy, Frank Lloyd Wright, Le Corbusier?-, pero creo que no debemos dudar así por las buenas, con absoluto desprecio, de su profesionalidad. Que es lo que, lamentablemente, ha ocurrido con los arquitectos Herzog & De Meuron, autores de la remodelación de la Plaza de España, que han sufrido la crítica de muchos cuando sólo está terminada una tercera parte del proyecto.

Con perdón, sí, ya que por una vez no voy a ser fiel a mis principios -es decir, los que expresé al inicio de este artículo- para reconocer que a mí, por lo visto 'rara avis', me gusta cómo ha quedado la plaza de España. Que si las pilonas, que si los 'mamotretos', que si la 'charca', que si los "jardines colgantes de Babilonia", etc., las críticas no han podido ser más severas, sin olvidarnos de las emitidas por el Colegio de Arquitectos. Sin embargo, pregunto yo, ¿qué pretendían los entendidos que se hiciera? Las mismas críticas recibieron, que yo recuerde, la plaza de la Basílica, en Candelaria, y la del Cristo, en La Laguna, sin querer darnos cuenta de que en espacios tan amplios resulta muy difícil proyectar algo que pueda contentar a todos. Afortunadamente para la plaza de España, el antiguo monumento central es un hito, pero no suficiente, por lo que era necesario añadirle otros elementos que rompieran la monotonía de un espacio tan vasto. Los árboles, cuando crezcan, darán la nota de color necesaria; las lámparas? ¿hubiese sido preferible poner farolas, un bosque de farolas que interrumpirían el despreocupado andar de los paseantes?; la "charca" y su géiser, que refrescará el ambiente y será el punto de referencia del conjunto una vez se termine, y, por último, los 'mamotretos', rechazados porque no permiten ver el mar desde el Bar Atlántico? Señores, por favor, seamos justos: no es de recibo descalificar una obra como la que nos ocupa con argumentos tan pueriles. La plaza es un conjunto -insisto de nuevo en que sólo se ha hecho la tercera parte-, y así hay que verla. La mejor muestra de ello es la magnífica fotografía publicada en El DÍA en su edición del día 24 de julio. Viéndola, parece mezquino decir que las pilonas impiden el paso de los peatones frente al Atlántico -ya las han quitado-, o que el arco de la vieja Alameda no luce como debiera, o que el albero de su pavimento se convertirá en un lodazal, etc. En mi opinión, la plaza hay que verla desde dentro. Es preciso introducirse en ella, recorrerla, sentarse en el borde del estanque, sentir en el rostro las salpicaduras del géiser y disfrutar de la sombra que, en su día proporcionarán las especies arbóreas allí plantadas. Lamentablemente, por ley de vida, no creo que vaya a disfrutar de ese momento, pero al menos me he dado el gusto -gracias, don José- de decirlo cuando son más las voces en contra que a favor.

 

 

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