Santa Cruz de Tenerife
LUZ EN EL CAMINO FERNANDO LORENTE, O.H. *

La sencillez en el obrar

30/jul/08 6:54 AM
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PARA ENCONTRAR a Dios. Muchas veces nos sentimos, consciente e inconscientemente, que hay algo como un velo que nos mantiene oculto o camuflado el misterio de Dios en su Reino salvador en la tierra. No es que esté escondido bajo siete llaves en un lugar inaccesible. Está ahí, cerca y dentro de nosotros. Pasamos por él muchas veces la mirada sin saberlo; nuestras manos lo tocan, pero no lo reconocen; forma parte de nuestra diaria aventura, sin que lleguemos a descubrirlo. Es Dios mismo, entremezclándose en nuestra vida, llevando siempre adelante su plan de salvación por entre nuestros miopes planes a corto plazo, enderezando nuestros torpes renglones tantas veces torcidos. Pero no lo vemos, porque nos falta la clave. Basta que recordemos aquellos dibujos en los que el juego consistía en descubrir al cazador, presente pero invisible, o al conejo semiescondido en la maleza. Algo así -salvadas todas las distancias nos ocurre con el Reino de Dios: no sabemos de qué manera poner los ojos para descubrirlo, cuáles son los trazos que habría que destacar, cuáles los puntos en los que apoyarnos para ir formando su imagen.

Desde luego, para "ver" ese Reino no nos sirve sólo la clave de la ciencia: "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos". Aquí nos encontramos con esta realidad, presente en todos los tiempos y que tanto importa descubrirla: es como una nube tóxica que se va desprendiendo de la entraña misma del mocho saber y entender y va haciendo a quien lo respira envanecerse tanto que lo torna incapaz de barajarse, de comprender la perfecta sabiduría de lo sencillo. Tampoco nos sirve la clave del poder, porque ¿puede un ejército frenar el avance de la brisa? Y sin embargo, muchas personas siguen buscando a Dios. En lo más íntimo de su corazón sospechan que Dios es más grande, más vivo, más alegre que todo lo que se escucha acerca de Él como ciencia solamente o como curiosidad o, incluso, como mera cultura histórica.

Lo importante y decisivo es ser personas honestas, sinceras, sencillas ante Dios, y saber que el valor de esta calidad de vida no depende de la claridad de ideas que tengamos en la cabeza, sino de la sinceridad con que vivamos la verdad -la verdad de Dios- en nuestra relación con Él y con el prójimo. Si queremos creer así en Dios -y no hay otro camino-, tenemos que hacer constantemente la experiencia de ser sinceros con Él. Vivir así, abiertos a Él, nos hará ser personas sencillas en todos los momentos y circunstancias.

(*) Capellán de la Clínica S. Juan de Dios