TODOS faltamos a la verdad en mayor o menor medida. Hacemos uso de las "mentiras blancas", de esas que sirven de excusa cuando por el teléfono nos llaman; las que nos libran de vendedores a domicilio, las que evitan que probemos un plato poco apetecible y hasta las que nos cubren las espaldas cuando se nos pegan más de la cuenta las sábanas. Nadie está libre de pecado, pero de esto a ser perjuro media un largo trecho. Justo el recorrido que convierte una mentira piadosa en pecado mortal. Un dilatado camino que puede sembrarse de cadáveres, destruir el honor y ocasionar daños irremediables a otras personas y, en la actualidad, con total impunidad, dado que vivimos en una sociedad en que perjurar y aniquilar a los demás está al orden del día.
Estuve, hace pocos días, como testigo en un juicio. Al ser un tema de herencias, en el que nada me iba a tocar, no estaba a favor ni de una parte ni de la otra, simplemente de la verdad. Salí tan asombrada de la capacidad de cinismo de algunos seres humanos, como de la fragilidad de la justicia. Me sorprendió la identidad del testigo perjuro, un señor de esos que peinan canas y va a misa todos los fines de semana; de los que descienden del pedestal, forjado en la admiración y consideración que le confiere la edad, por la escalera de la mentira y de la trampa; de esos que no respetan la memoria de los muertos y se envuelven en las miserias de los vivos, un fiel seguidor del proverbio chino que dice: "No robes, haz siempre trampas; así tendrás más suerte". Es por eso que la justicia es frágil, incapaz de dilucidar qué hay de cierto en el testimonio de un perjuro, en esas palabras huecas que no brotan de labios limpios, que se esconden en un murmullo. No verá en los ojos del alma por la venda con que se la representa, porque el perjuro cierra sus cuencas y desvía la mirada para evitar que perciban su falacia. Si no aportas buenos ingredientes, por excelente que sea el cocinero, acabará el producto de la receta en el cubo de la basura.
El derecho penal romano consideró al perjurio un juramento en falso que ofendía a los dioses y era castigado por ellos. A partir de la época imperial se juraba en nombre del emperador-dios, y el juramento en falso empezó a ser sancionado físicamente. Más tarde, la influencia del cristianismo en los pueblos bárbaros trajo como consecuencia que se sancionara la falsa declaración rendida bajo juramento. Actualmente, en España, el perjurio se encuentra ubicado en el Código Penal, asegurando la verdad de la prueba, que dispone en el artículo 309 que "se impondrá prisión de tres meses a dos años al que faltare a la verdad cuando la ley le impone bajo juramento o declaración jurada, la obligación de decirla con relación a hechos propios". ¿Sabrá esto el testigo perjuro?, ¿conocerá la obligación moral que impone el juramento? Lo más probable es que vaya a misa el domingo, se dé golpes de pecho y se crea el redentor de los vivos a costa de mancillar el honor de los muertos. Es lo que tiene morirse, que ya no puedes defender tus ideas ni hacer valer tus derechos, tampoco hacer cumplir tu voluntad ni defenderte de las hienas, esas que apenas esperan a que empiecen a pudrirse los cuerpos para lanzarse a dar dentelladas contra los afectos, en busca de la carroña que se genera en torno a cuatro euros.
El que miente al juez, a sabiendas, es un perjuro y, aunque engañe a la justicia que va, como en el envite, ciega, tendrá que enfrentarse a su propia conciencia. Esta le despertará en las noches y le pondrá como castigo el del remordimiento. De nada le servirán los padrenuestros y las avemarías, pues el perjurio es un pecado gravísimo, más grave que el homicidio, que cualquier otro de los que van contra la justicia; el perjurio procede directamente contra el honor debido a Dios.
El perjuro, en este caso, ha cometido un error haciendo remover en sus tumbas a los muertos, obligando a desertar a sus incondicionales, hostigando a sus adversarios en esta lid y dando paso a un declive moral que le amargará los pocos años que Dios le tenga destinados de vida. Le pasará como al monarca Alfonso XIII, rey desde el momento de su nacimiento por su condición de hijo póstumo, que por faltar a su juramento de guardar la Constitución y las leyes de España, dando paso en 1923, tras el Desastre de Annual, a la dictadura militar, se vio obligado a exiliarse. Fue poco después de la caída del general Primo de Rivera, merced a unos simples comicios municipales celebrados el 12 de abril de 1931 que adquirieron el carácter de plebiscito contra el Rey perjuro, quien en cuarenta y ocho horas escasas se vio obligado a emprender el camino del exilio, dejando en palacio mujer e hijos.
El testigo perjuro no tendrá que abandonar ni ciudad ni mujer, lo de los hijos es letra de otro cantar. Ya se sabe que si se crían cuervos, te sacarán los ojos, y que Dios castiga sin piedra ni mano. Tiempo al tiempo.
* Titulada Superior Universitaria en Relaciones Institucionales y Protocolo
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