NO HAY QUE MORDER, ni tirarse a la yugular del Estado para conseguir atrapar con los dientes de la razón y de la lógica el trozo de carne -el territorio- que pertenece por historia a un pueblo que desafiante se arropa en un nacionalismo más que reivindicativo, exigente. No hay, asimismo, que establecer una contienda donde las palabras se diluyan, donde los discursos y las propuestas no existan y aparezca la arrogancia chulesca, porque sería una vuelta a tiempos que deben estar para siempre fuera de circulación.
Pero sí se trataría de ladrar. Y por el mero hecho de hacerlo, no confundir el ladrido con el bostezo, camuflando el bajo tono con la tibieza de un grito perdido en campos o parlamentos, no se sabe. Lo que sí debe ajustarse es la palabra a la intencionalidad, el gesto a la reivindicación y todo ello envolverlo en el impacto, valga la metáfora, de un ladrido constante con sonidos que no dejen dormir a quien pretende tener oídos sordos. Pero para ello hay que tener la suficiente fuerza para que el retumbo sea constante, para que las exigencias no estén desnortadas, para que las reivindicaciones no sean puros farfullos, palabras encorsetadas con escaso eco y relevancia.
No se trata de que se tenga que emular o copiar a alguien. Los nacionalismos deben ser todos iguales porque su misma definición así los posiciona en el mundo de las ideas. Aunque es verdad que unos corren y muerden y otros atados con cadenas ladran. Y quizás deba ser así en un primer momento. Lo único que sería discutible es dónde está ese primer momento y si algunos ya lo han sobrepasado y otros están llegando al dintel del mismo.
La historia no espera, la historia decide y lo hace no por sí misma, sino por el impulso de los demás. No sólo de los que piensan, sino que tiene que hacerse un solo cuerpo, los que piensan y el resto para coger impulso, para llegar.
Hay territorios que dentro del Estado solicitan con fuerza sus exigencias como pueblo diferenciado y otros hay también que deberían construir la fortaleza de un discurso para zafarse de melindreces y debilidades. Los primeros andan cerca de lograr lo que pretenden; los segundos, expectantes a verlas venir e intuyendo que las situaciones se conforman por sí solas, sin mediar y sin apenas arriesgar. Y no.
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