EN ESTADOS Unidos hay varios partidos políticos -más de los que la gente piensa-, pero en la práctica sólo cuentan dos. Uno muy conservador -el Republicano- y otro -el Demócrata- también de derechas aunque un poco menos. Cualquier otra interpretación de la realidad de ese país supone engañarse uno a uno mismo, lo cual siempre es el más dañino de todos los engaños. Si alguien en el equipo de Rodríguez Zapatero, o incluso el propio presidente del Gobierno español, ha pensado en que con Barak Obama en la Casa Blanca se van a esfumar las tensiones actuales entre España y el Imperio, anda bastante equivocado. Quizá se suavicen un poco, pero nada más.
Aunque Obama todavía no es presidente, ya ha visitado Afganistán para, en un alarde de pacifismo, llegar a la contundente conclusión de que hacen falta más soldados allí. Pero como no sólo debe aportarlos el Tío Sam, ha visitado Obama la ciudad de Berlín donde, además de darse un baño de multitudes, le ha pedido tropas a Merkel. "Ya veremos", le ha dicho la canciller alemana. Después de todo, Obama aún no es presidente. A Sarkozy le ha pedido lo mismo, y luego también al premier británico. ¿Y a Zapatero? ¿Qué le ha pedido a Zapatero? Pues, que se sepa, nada. En realidad, y eso sí se sabe a ciencia cierta, ni siquiera ha venido a visitarlo. ¿Para qué? ¿Para solicitarle más tropas en misión de paz y con orden de no disparar que, además de tener prohibido por su Gobierno patrullar por zonas conflictivas, suponen un problema añadido en cuanto a protección para los militares desplegados por otros países? En esas condiciones el destacamento español constituye más una carga que una ayuda. Y como para problemas bastan con los que tiene cualquiera sin buscárselos, nada se le ha perdido al candidato norteamericano en el Palacio de la Moncloa.
¿Hubiese venido a Madrid Obama si el presidente del Gobierno hubiese sido Rajoy en vez de Zapatero? Pues, posiblemente, tampoco. Rajoy ha demostrado que en el aspecto político está muy por detrás de Zapatero. Algo difícil de conseguir, pero no imposible; eso también es evidente. Posiblemente Obama hubiese tenido interés en entrevistarse con Aznar o con Rodrigo Rato, pero no con un señor que el otro día salió de la Moncloa más contento que un niño con zapatos nuevos. Lo único que le prometió el señor del talante fue no negociar con ETA -eso sí, no le precisó hasta cuándo-, y que en septiembre volverían a estudiar la renovación de cargos en el CGPJ y el Tribunal Constitucional. Suficiente para un Rajoy que se conforma con ser el jefe de la oposición. Una vocación de sempiterno número dos que no encaja con el perfil de un ganador, y a los norteamericanos, aunque tengan antepasados en África y hayan nacido en Honolulu, no les gustan los perdedores.
Quizá la pregunta más importante en este proceso de renovación presidencial en Estados Unidos es si podemos seguir en la segunda -e incluso en la tercera- fila de las llamadas relaciones trasatlánticas. Desde luego que sí, aunque a un precio que vamos a conocer en cuanto tengamos un encontronazo serio con Marruecos. Por ejemplo. El petróleo con que Hugo Chávez nos ha comprado la reconciliación -el mandatario venezolano necesita interlocutores en Europa, donde nadie lo recibe- es un balón de oxígeno, pero no la panacea a nuestro patente aislamiento internacional
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