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LUZ EN EL CAMINO FERNANDO LORENTE, O.H. *

La Constitución, los políticos y el pueblo (II)

16/jul/08 01:28
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DESEMPOLVANDO algunos trabajos periodísticos de 1985, me he encontrado con un extenso artículo de un gran periodista español, publicado en un diario nacional. Es muy importante constatar las circunstancias y desviaciones políticas en lo social y en lo moral que entonces se vivía con las que estamos viviendo ahora, bajo la ideología del mismo partido político en el Gobierno español. Este es el texto resumido.

Cuando existe una mayoría hegemónica en el Parlamento, como la tiene el socialismo, pone en grave riesgo la justificación misma de la democracia. Las leyes se pueden dividir en dos grandes grupos: las del mero gobierno, que son de iniciativa del Poder Ejecutivo, porque ésa es su función, y las de desarrollo constitucional, que exigen negociación y concertación con toda la Cámara. La Constitución de 1978 tuvo la fortuna de ser "la Constitución de todos". Su comisión de redacción fue global, y después se encargaron las personalidades del consenso -centristas, socialistas y comunistas- de que aquello tuviera el beneplácito de todos.

Esta Constitución de todos, en su desarrollo, no puede imponerla ahora (1985) -y menos sustituirla en cualquiera de sus artículos- un solo partido porque tenga en el Parlamento la mayoría hegemónica. Intentar adueñarse ahora de eso que no puede ser reglamentado, como es "el espíritu de la Constitución", no es otra cosa que pura picaresca política y la denuncia de una escasa disposición democrática. La invocación de que ocho de los miembros del Tribunal Constitucional son designados por las Cortes Generales, no es otra cosa que una habilidad para defender lo anterior y, aunque ya no tiene remedio, fue un error manifiesto.

La Constitución no menciona otros poderes que el Poder Judicial. Ahí está la letra y el espíritu de la Constitución de 1978. El Poder Judicial tiene que estar ajeno a las contingencias políticas de nuestro país, si queremos que las cosas funcionen como es debido en un Estado de Derecho. En el Poder Judicial no hay políticos, sino puros administradores de la Ley. Y si hubiera políticos entre los jueces y magistrados que llevaran esta influencia a la administración de la Ley, sería un desastre. Todos tenemos la evidencia de que existen jueces y magistrados politizados. Este es uno de los males de nuestra judicatura. No se trata de aspirar a que los jueces y magistrados sean unos seres ajenos a las ideas o a las circunstancias políticas de su país. Esta pretensión sería una bobada. Cada cual piensa lo que le parece y eso es normal y legítimo. Lo grave es embarcar en las carreteras de atentados contra la ley la política, en las elites de acciones ideológicas, en las tertulias de acción o de conspiración. Desgraciadamente, tenemos algo de todo esto. Pero, al mismo tiempo, el juez o magistrado que no está embarcado en nada de eso tiene el estímulo preferente de administrar la ley. Esa es la gran tabla salvadora de un sistema político basado en la concurrencia y que genera los lógicos atentados contra la Ley y en servicio de intereses y ambiciones. El menos malo de los sistemas políticos, dijo Clemenceau y repitió Churchil, es la democracia, pero a condición de que funcione muy bien la organización del Estado de Derecho: la justicia.

Y en cuanto al valor que dan nuestros políticos a la soberanía popular y al Parlamento, nuestro crítico periodista nos dejó estas afirmaciones: "La soberanía popular ejerce cada cuatro años mediante voto individual, y no dice a los que elige lo que tienen que hacer, sino que estos dicen lo que van a hacer, y a veces -siempre- mienten. El Parlamento actual (1985) no es otra cosa que un lugar donde se deciden todas las cosas por medio de las decisiones de los partidos; y eso que los ilustrados amaban, la razón, no ejerce o no funciona. Es un lugar para hablar en balde y luego para votar. La política es un enredo, a veces una virtud; es una necesidad, a veces un engaño; es una ambición, a veces una conspiración -como fue la violencia en la expropiación de Rumasa- en todos sus niveles. La política es necesaria, pero lo que no podemos es convertir el patio de vecindad donde está la política en un santuario.

Ahora mismo (l985) está muy clara la actitud del socialismo en el poder: está ejerciendo un intervencionismo atroz en el mundo económico; aspira a dirigir a distancia el Poder Judicial; tiene en marcha un proyecto de filtración y de dominio de los medios de comunicación. Y así, sucesivamente. Es una legítima y comprensible acción de partido, pero, independientemente de todo eso, supone un riesgo para la democracia. Lo que no se puede hacer es presentarlo al país como una solución benefactora. Todo eso no es otra cosa que puro comportamiento socialista, y el comportamiento socialista -como se sabe- tiene escasa tradición democrática".

Y después de 23 años, ¿cuál es la disposición política del socialismo español en el poder? En nada ha cambiado en sus principios y acciones que le dieron origen y desarrollo como partido político. Por eso a nadie debiera sorprender que, en el último congreso celebrado, haya aprobado la reforma de la legislación del aborto, la supresión de símbolos religiosos en los espacios públicos y la apertura de un debate sobre la eutanasia activa. Por más que se empeñen en demostrar que estas leyes son expresión de progreso, se encontrarán siempre con el mayor de los fracasos cívicos. "La ley de aborto es una de las grandes tragedias de la España contemporánea". "Estremece pensar en las cifras nacionales e internacionales de seres humanos eliminados por el crimen del aborto -que es matar, no interrupción del embarazo, no falseemos el lenguaje. Pero más estremece pensar que este holocausto se lleva a cabo con la complicidad de tantos que miran para otro lado, cuando se enfrentan al drama del aborto con su condición de políticos honrados; y más todavía, cuando se confiesan católicos".

Seamos defensores de la vida humana -desde su origen hasta su fin-, como garantía de la defensa de los demás derechos fundamentales de todo ser humano. Salirse de este camino es someter a la sociedad a la mayor esclavitud, por más prosperidad material que tenga, o políticamente le ofrezcan. Ahí está la historia de todas las épocas

(*) Capellán de la Clínica S. Juan de Dios

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