En Canarias se ha desatado una auténtica batalla política y esto es malo, muy malo para la salud de la democracia. Están saliendo a la luz muchas miserias que los votantes no vamos a olvidar de cara al 2011. Hay personas que pretenden mantener su soberanía absoluta en lo que se ha dado en denominar sus feudos, sin respetar un ápice las elementales normas de convivencia, perdiendo credibilidad ante los ciudadanos y desatando una crisis interna en sus propios partidos cuyas consecuencias pueden ser imprevisibles. Mucho "discurso por la transparencia" pero, al final, terminan en el lodazal del desprestigio y la falta a la verdad, lo mismo de lo que tildan a otros políticos de la comunidad autónoma. Sobran talibanes y falta consenso en el espectro político de Canarias, mucho tránsfuga de poco pelo que ni tienen ideales, ni un mínimo de coherencia y, mucho menos, sentido del respeto a un proyecto político. Si no se está de acuerdo con la decisión que toman los compañeros de filas, se va uno a casa, a reflexionar sobre el futuro y a sembrar perejil, aunque sea en una maceta. Se deja así el terreno libre para que entre el siguiente de la lista, y todos tan contentos. No señor, lo que procede es pasarse al grupo "mixto", es decir, ni de aquí ni de allá, ni como ni dejo comer, sigo en mitad del "supuesto" barro jugando con el agua de las palabras, arrojando su contenido sin calibrar en justa medida las consecuencias, pues el agua una vez derramada es muy difícil de recoger. Así está el patio de vecinos: indisciplinado, con mociones de censura por un quítate tú pa' ponerme yo, con supuestas amenazas de por medio y con un "breve", aparentemente distanciado de la órbita del Archipiélago, que no hace honor al refrán de "lo bueno si breve, dos veces bueno". Así no hay manera de avanzar. Históricos y marqueses comportándose como suegras refunfuñonas, celosos de lo bien avenidos que están algunos matrimonios de conveniencia en los que en lugar de "amor" hay respeto mutuo, señorío, clase, acepciones que los acostumbrados al totalitarismo han excluido de su vocabulario cotidiano, la mayoría de las veces por temor a perder su posición de eternos subsidiados. Desde un Tomás Padrón, amo y señor en el El Hierro, que deja para septiembre la nota que pondría al actual Gobierno de Canarias, olvidándose de la lealtad que debe a las siglas que representa y a los años que lleva en el cargo, tantos que ya debería ir pensando en dejar paso a otras generaciones, hasta un Casimiro Curbelo que es la quinta esencia de la mala educación. El sr. Curbelo, aparentemente enfadado, confunde razón con descalificaciones. Acusa de mentirosos a otros políticos que, como él, pretenden tomar decisiones desde el sentido común, sin perjudicar a los que no pertenecen a su cuerda, pero, claro, esta forma de actuación le resulta extraña al eterno presidente, por cierto, al que los gomeros califican como el dueño de media isla y de practicar la teoría de la conspiración. Curbelo, en su feudo, ha fomentado el clientelismo político en forma de puestos de trabajo y ayudas de diferente naturaleza, perpetuándose en un cargo del que debería haber salido hace mucho tiempo, dejando que corran nuevos vientos en la cúpula socialista de esa Isla, abriendo nuevas oportunidades al diálogo, pero, como Padrón, intenta asegurar su vejez. A estas acusaciones de faltar a la verdad, a las que puso nombre y apellidos, se suma la perla de emplear la expresión de "una jodida vez". Lo hizo con un tono apasionado, casi populista, vulgar, de agitador de masas, sacando las cosas de contexto, arengando, con las formas de un líder gastado, de un viejo zorro que sabe lo que se trae entre manos y al que, como al gato, todo el mundo conoce pero, ¡ay!, ¡pobre del osado que pretenda ponerle un cascabel! Los zorros políticos son una especie extraña, a proteger en unos casos y a erradicar en otros. Los más astutos y avezados son sanos para la democracia siempre y cuando sean coherentes con sus postulados e ideales, observen el respeto debido a sus opositores y no hagan del "oficio de servidor" una fuente de enriquecimiento personal. Los otros, los maquiavélicos, aprovechados, acostumbrados a comprar las voluntades, maledicientes y corruptos -recuerdo que muchos de ellos tienen problemas aún por resolver con la justicia- deben dedicarse a la lectura reposada y a pasear a los nietos mientras ven pasar la vida. No son buenos los feudos, los "marqueses" que reconquistan cetros perdidos -léase municipio de La Oliva- y mucho menos las largas permanencias en los cargos políticos que acaban viciando las conciencias. ¿Qué será de los hombres sin conciencia? La respuesta es simple: la quinta esencia de la corrupción.