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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Entre La Oliva y Oujda

14/jul/08 24:59
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MIENTRAS Domingo González Arroyo, a quien sus amigos llaman Dominguillo y sus enemigos el Marqués de las Dunas o de La Oliva, y José Manuel Soria, presidente regional del PP, protagonizaban el penoso espectáculo de Fuerteventura, un políticamente simplón José Luis Rodríguez Zapatero, acompañado por el abotagado Moratinos, escuchaba, atento y sumiso, como Mohamed VI le leía la cartilla sobre Ceuta y Melilla. Ni una provocación más sobre esas ciudades, o nos peleamos de verdad. Ofició como testigo de la reprimenda el primer ministro marroquí, Abas el Fassi, quien una vez concluido el tirón de orejas, utilizó tanto la televisión pública marroquí como la controvertida cadena Al Arabiya para contarle a todo el mundo los detalles de la bronca. Sobra decir que para Zapatero, sus coreógrafos, y quienes le ríen las gracias, el viaje de Estado del hombre del talante ha sido un éxito.

Fuerteventura, donde un cacique trasnochado y un presidente del PP canario que ya no es lo que fue siguen dando pie al bochorno político en su expresión más pura, es la isla canaria más próxima a África. Apenas cien kilómetros separan el faro de la Entallada de Tarfaya, una ciudad netamente marroquí que, a su vez, sólo dista otros cien kilómetros del Aaiún; la capital administrativa de la provincia del Sur, como denomina la Administración marroquí al siempre conflictivo Sáhara Occidental. Si en Canarias hubiese políticos serios y si, por añadidura, España tuviera un presidente al que le importase el futuro -al menos el futuro moral- de cuarenta y cinco millones de personas, ni Mohamed VI hubiera podido darle el cogotazo que le ha dado a Zapatero con toda impunidad en Oujda, ni un partido llamado a ser la alternativa de gobierno seguiría haciendo el imbécil con peleas internas. Porque, y aunque esto no tenga nada que ver con Marruecos, cabría preguntar a cuenta de qué se produce tanto alboroto por un pacto entre el PSOE y el PP en La Oliva, mientras que en el Puerto de la Cruz ha ocurrido lo mismo sin que nadie diga nada. Salvo que los intereses de Cristina Tavío sean más importantes que los de Domingo González Arroyo, en cuyo caso nada más hay que decir. Parece que no es lo mismo apellidarse González Arroyo que Tavío y Ascanio.

Lo que ha ocurrido casi simultáneamente en La Oliva y Oujda no es una aleatoria coincidencia; es, ni más ni menos, la consecuencia ineludible de una España decimonónica, en la cual las conveniencias personales de la clase gobernante priman sobre el bien común. Una democracia fingida, en definitiva, que nos mantiene no en el diecinueve, sino en el dieciocho y hasta en el diecisiete europeo.

Vaya por delante que somos la octava potencia industrial del planeta. Por eso le regalamos a Marruecos, hace unos días, seis torpedos que nos sobraban por viejos. Bueno, en realidad se los vendimos por un euro. Lo que le costará a los moros llamar a sus amigos los gringos para que los surtan de cuanto armamento precisen. Zapatero y Moratinos, en cambio, parece que no tienen tan fácil hablar con Bush. La verdad sea dicha, no creo que se les ponga al teléfono ni el ujier interino de la Casa Blanca. Pero tienen talante.

rpeyt@yahoo.es

 

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