EL verano se evapora en la ciénaga. Las escamas de los reptiles pierden su brillo sobre la arena tórrida y pegajosa, mientras que las gotas de agua de sus ojos vidriosos se subliman al contacto con el aire cálido del atardecer. Al caer la noche hibernan las ideas que, con tanto ímpetu, dominaban las estancias de unas mentes otrora lúcidas y ahora vacuas y marchitas. El mediodía dibuja lagartos azules sobre el asfalto, auténticos resquicios de la era dorada de los dinosaurios.
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