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ÁNGEL RIPOLLÉS BAUTISTA

Soy abogado

13/jul/08 24:59
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EL ABOGADO no tiene otra sumisión que su propia conciencia. El respeto a la Ley, y, después, su conciencia.

Magníficas palabras de la Constitución de los emperadores Valentiniano y Maximiniano, que recoge el justificable en el Código, cuando dijo: "La fuerza de mi imperio no radica en las espadas de los militares y en los escudos que los protegen, sino en la palabra de mi abogado, advocati mei, que con su elocuencia defienden el orden, la Justicia y, con ella, la prosperidad y la vida de mi Imperio".

Porque, realmente, como dice Pintó, ésta es nuestra grandeza: nuestros medios son la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza; el raciocinio, la persuasión, la caballerosidad, la generosidad; el abogado es aquel que tiene la mano tendida al desvalido para arrancarlo de las garras de la justicia, lo consiga o no; pero éste es su noble propósito.

La abogacía, en el momento actual, ha sufrido ataques de diversos frentes, que son presagio nefasto y peligroso de socialización de la misma.

Claro que la abogacía reacciona fuertemente. La reacción de la abogacía: serena, firme, caballerosa; se enfrenta a quien fuere y consigue que, constitucionalmente, tenga una mención en este texto magno.

Yo creo que, por primera vez en la historia, unos simples abogados consiguen que una profesión sea mencionada en el texto constitucional.

¿Y, por qué; por qué se ha producido este fenómeno? Porque, en la vida, la casualidad no es la motora de las circunstancias, sino que todo obedece a causas bien claras.

Porque había un senador real, que, a su vez, era presidente del Consejo General de la Abogacía, que alzó la voz de los profesionales que representaba; y porque, detrás de la voz del presidente, había la actitud firme de la abogacía española, con una unidad inquebrantable, firme, pétrea y segura, y sigue existiendo, cada vez más fuerte.

Esta abogacía que, repito, ha atravesado ataques cuando las fuerzas centrífugas con toda frecuencia actúan y disuelven; esa abogacía, que le ha dado una lección a la historia, magistral, al mantener contra viento y marea, pero de corazón y con auténtica querencia, una gran unidad, que es su timbre de gloria, que es su fuerza y que hemos visto que le ha servido de mucho.

Y siempre unidos -que la unidad no es sólo una bella palabra-, trascendemos al mundo de las realidades, en mi caso, a pesar de mi edad, poniéndome todavía cada día la toga para defender al que lo haya de menester.

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