Los muertos son noticia en función del lugar donde fallecen. Tres o cuatro víctimas fatales en un accidente de tráfico ocurrido en cualquier carretera española consumen, de forma inexorable, más superficie impresa en los periódicos y más minutos en la radio y la televisión que 30 ó 40 muertos a causa de un camión que se despeña en Bolivia. Y si el accidente ocurre en Zambia o por ahí, el guarismo de los que han abandonado este valle de lágrimas ha de tener como mínimo tres dígitos para que lo consideremos noticia. Una aritmética macabra pero real.
He asistido atónito al despliegue informativo de la prensa española a cuenta de los catorce muertos, algunos de ellos niños, que perdieron la vida cuando una patera intentaba alcanzar las costas peninsulares. Un cayuco en La Gomera, con cuatro ocupantes muertos y varios más en pésimas condiciones físicas, hasta el punto de que uno de ellos falleció en el hospital pocas horas después, tiene menos importancia para los redactores jefes y los directores de informativos peninsulares de este país penoso, por no decir otra cosa. Y esta no es una opinión subjetiva de quien escribe estas líneas. Que cada cual se tome la molestia de medir la incidencia mediática de ambos sucesos, en esencia igual de trágicos, y saque luego sus conclusiones.
Nada más lejos de mi intención realizar un análisis sobre la situación actual de los medios de comunicación. Para eso hay expertos. Parece que ahora también lo hacen señoras sin más mérito que haber tenido una cara bonita, en su día, y haberse casado bien. Hay que joderse. Tan sólo pretendo esbozar unas ideas acerca de lo que hoy suscita el interés de la respetable audiencia de este país no penoso, sino directamente grotesco. Al final todo se reduce a que sólo nos interesa lo que ocurre delante de nuestras narices, siempre que nos afecte. Si el rayo caído del cielo carboniza al vecino pero no le roza un pelo a nuestra mascota, tampoco nos importa.
Para muestra, un botón. Ayer mismo estuve viendo durante un rato un reportaje sobre los Sanfermines. Perdí la cuenta del número de veces que oí la expresión "las mejores fiestas del mundo". Claro que eso también lo oigo en las calles de Tenerife cuando llega el Carnaval. El conocimiento personal de ambos jolgorios me permite afirmar que existe un aspecto en el que coinciden al cien por cien los Sanfermines pamploneses y los Carnavales tinerfeños: en el hedor a meado y a toneladas de basura que hay en las calles cuando amanece. Ese récord es difícil superarlo en cualquier lugar del mundo. Aunque eso es lo de menos. Lo más repulsivo del reportaje en cuestión era el aire de superioridad exhibido por los entrevistados. Esto es Navarra, esto es Pamplona; esa era la idea subyacente en todas las respuestas. Esto, señores, es nazismo. Incipiente, pero nazismo. Porque de la excelencia del yo y lo míos, con todas nuestras intocables tradiciones, a la proclamación de la raza aria median algunos pasos, ciertamente, pero no son pasos muy largos. En cualquier caso, yo y lo que me rodea. Lo demás no existe porque carece de importancia, y si fuese relevante tampoco existiría porque a mí no me afecta. La queja de Machado sobre la Castilla de sus amores, que desprecia cuanto ignora. Por eso un inmigrante muerto en La Gomera es menos noticia que en Almería.
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