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VÍCTOR ACOSTA RODRÍGUEZ CATEDRÁTICO DE DIDÁCTICA E INVESTIGACIÓN EDUCATIVA EN LA ULL

"El alto índice de niños con dificultades lingüísticas supone un problema social"

13/jul/08 24:59
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MIGUEL GÓMEZ, La Laguna

Los altos índices de fracaso escolar que se registran en Canarias tienen su origen, en buena parte, en problemas lingüísticos que muchas veces son detectados tardíamente. Quien sostiene esta tesis es Víctor Acosta Rodríguez, catedrático del Departamento de Didáctica e Investigación Educativa de la Universidad de La Laguna (ULL) y copresidente del comité organizador del XXVI Congreso Internacional de la Asociación Española de Logopedia, Foniatría y Audiología (Aelfa), recientemente celebrado en la ciudad de Aguere.

-¿En qué consiste el trabajo de investigación que desarrolla?

-Cuando comenzó la escolarización de mis hijos, además de ver que hay un grupo de niños con discapacidades y problemas notorios, detecté que existe un volumen importantísimo de niños en Canarias que, en mi opinión, constituyen una epidemia y un problema no sólo educativo, sino de salud. Estos niños tienen un perfil de riesgo que permite pronosticar a los cuatro o cinco años que, si no se les atiende y compensa debidamente, sufrirán un fracaso escolar. Esta debería ser una de las prioridades en el campo educativo. En mi opinión, una gran parte de ese fracaso se explica por una dimensión lingüística. Son niños con contextos de crianza en los que no se potencia el lenguaje, tanto oral como escrito, y que acceden a las escuelas con un retraso, con habilidades no adquiridas. Es como si los echaran a una piscina llena de tiburones. Ese retraso se agrava en la escuela, porque el lenguaje se hace más abstracto.

-¿Cómo es posible que un problema tan importante no se detecte con más antelación?

-El problema es que son niños invisibles, porque muchas veces no hablan y no tienen problemas de conducta. A medida que se va acercando la educación primaria, ese retraso de partida se va acentuando. ¿Cuándo se va a producir la crisis, la explosión? Cuando tienen que aprender la lengua escrita. Yo siempre lo explico de la siguiente manera: para que un niño aprenda a leer y escribir correctamente tiene que haber montado una serie de hilos para conseguir una trenza bien hecha. Si no los teje correctamente en el periodo de tres a seis años, con alguien que les ayude, van a llegar a Primaria y empezarán e repetir. Entonces, en segundo de Primaria, se empieza a llamar a los padres -tardíamente- y se les dice que sus hijos no comprenden lo que leen. Todo ese conjunto de cosas configura un perfil de riesgo que hace que los niños empiecen a repetir y tengan todos los números para ser un fracasado escolar y, muchas veces, un fracasado social.

-¿Esta situación se da de una manera especial en Canarias?

-Sucede de una manera muy fuerte en esta Comunidad Autónoma. No disponemos de datos comparativos pero, sin necesidad de compararnos con nadie, es un asunto sumamente importante. ¿Cómo hacemos para prevenir el fracaso escolar, que tiene una incidencia tan importante en Canarias? Primero tenemos que hacer diagnósticos muy precoces, ya que actualmente los estamos haciendo muy tardíos. Es decir, sabemos lo que necesitamos para que los niños aprendan a leer y escribir correctamente, y no podemos esperar a que el niño debute ya con una etiqueta, cuando sólo se puede reeducar. Sabemos que los niños que proceden de unos contextos familiares determinados y tienen un perfil bajo en habilidades psicolingüísticas van a tener problemas a la hora del aprendizaje de la lengua. Se trata de habilidades como las narrativas o de procesamiento fonológico. Una de las herramientas que más echo en falta en la política educativa de Canarias es una mayor inversión en prevención y atención temprana. La detección y actuación tempranas suponen, incluso, una mayor rentabilidad, puesto que precisaremos de menos tiempo para solucionar los problemas. Un último eslabón de este problema es la necesidad de activar políticas más orientadas a apoyar a las familias con niños que presentan perfiles de riesgo y que estarían ubicados en la etapa de educación infantil.

-¿Puede decirse que se trata de un problema social?

-En amplias zonas de Canarias lo es. En ellas hay familias de alto riesgo en relación a las prácticas que desarrollan y que son los pilares fundamentales para que el niño vaya a la escuela en condiciones de igualdad con otros. En cada aula de educación infantil de algunas zonas hay cuatro o cinco niños con un desarrollo psicolingüístico bajo que representa un riesgo elevado. Si vas sumando, te encuentras con que es un problema social.

-¿Podemos tener confianza en que la situación mejore?

- Debemos tener una visión optimista en el sentido de que las políticas educativas se orienten cada vez más a la prevención y la atención temprana y no tanto a la reeducación y la rehabilitación. Hay que cambiar el chip, sobre todo en las situaciones de escolarización, en las que un año puede ser muy importante. Un año en que al niño le vaya mal puede ser determinante, no sólo para su escolarización, sino para su vida.

-¿El acceso de los logopedas al sistema educativo puede contribuir a resolver el problema?

-Necesitamos profesionales que aprendan a trabajar conjuntamente, que estén bien formados pero, sobre todo, que aprendan a trabajar desde una perspectiva transdisciplinar. ¿Qué problemas tenemos en una escuela? ¿Qué profesionales pueden resolverlos? ¿Qué contribuciones pueden hacer? ¿Qué responsabilidades debe asumir cada uno, pero trabajando en equipo? Aquí estamos muy acostumbrados a un modelo muy clínico, donde el especialista es el dueño de su parcela. El logopeda puede ayudar a paliar un problema de lenguaje o de acceso a la lengua escrita, pero siempre y cuando trabaje de manera simultánea y codo con codo con el profesorado, el orientador y todos los profesionales que estén actuando. No sólo debemos tener en cuenta el problema del niño, sino cómo se produce en los distintos contextos en los que está ubicado, si se produce en la misma manera en el ámbito familiar que en la escuela. No sólo se debe intervenir en las habilidades abstractas del niño, sino también modificando algunas pautas que se dan en las casas y en el aula. No podemos pensar que solucionaremos los problemas sacando al niño del aula y llevándolo a un gabinete. El logopeda se puede incorporar, pero no como un técnico al margen, sino como un recurso que puede apoyar la labor del profesor y de las familias.

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