ERA ALLÁ por la década de los cincuenta. La vida cotidiana de Fasnia transcurría tranquilamente, sin grandes sobresaltos y acontecimientos importantes; sólo alterada por los normales e inevitables problemas que el paso de los años nos depara, y los típicos acontecimientos sociales como bodas, bautizos, las frecuentes "matanzas de cochino" o la vendimia. Todo ello con las celebraciones tradicionales de las fiestas patronales o de Los Roques. La actividad juvenil, al margen del estudio y las tareas familiares, se reducía a la práctica de la lucha canaria, muy arraigada en la localidad, y los diarios partidillos en el campito de la Sindical. La afición al cine, los bailes y paseos domingueros completaban la estampa de un pueblo sencillo y trabajador.
Por entonces, el sustento familiar, en general, se basaba casi en el autoabastecimiento que deparaban los cultivos de fincas, huertas familiares y el cuidado de aves y otros animales de corral. Los recursos se completaban con el trabajo de peonaje en los empaquetados de tomates y papas, o en el esfuerzo, de sol a sol, en canteras y galerías. Fue también época de racionamiento y de fuerte emigración a Venezuela.
Pero así y todo, la gran preocupación de las familias era, como siempre ha sido por tradición en Fasnia, la mejor educación y formación de los hijos. Dar estudios a sus hijos era una prioridad por encima de todos los problemas.
Los estudios de Primaria estaban garantizados con lo bien que funcionaban las escuelas públicas de entonces, regentadas por buenos y recordados maestros. La escuela particular de Quina fue el lugar por el que pasaban casi todos los que deseaban completar sus estudios básicos o preparar el temido examen de ingreso en el Bachillerato.
No obstante, los necesarios estudios de Bachillerato no tenían aún solución en el municipio para la inmensa mayoría de los chicos. Algunos lograron estudiar en Santa Cruz o en La Laguna, pero para la mayor parte de la población esa posibilidad era por entonces una utopía.
Y en estas circunstancias aparece por el pueblo don Florencio Brook Hernández, un emprendedor profesor que consigue aunar esfuerzos, el apoyo y la colaboración de muchos padres, fundando así la necesaria Academia de Bachillerato. La Academia se consolida y durante años pasan por ella la mayoría de chicos y chicas del municipio, que deseaban acabar los estudios medios con aspiraciones de seguir estudios superiores, o simplemente para completar una adecuada formación. La Academia funcionó durante años en la calle las Vistas y en su última etapa en la carretera general.
De eso han pasado más de cincuenta años. Hoy en día, la mayoría de los alumnos tiene hijos, nietos, algunos jubilados y otros, porque Dios lo ha querido, ya no están entre nosotros. Y aún parece que fue ayer cuando, como cada día, entraba don Florencio por la Academi, con su inseparable americana sobre los hombros, aspecto serio y andar decidido. Todo el mundo estaba ya preparado. No se oía una voz más alta que la otra; su sola presencia nos imponía respeto y reclamaba nuestra atención. Y ciertamente era así, pues la dinámica que imponía el trabajo así lo hacía necesario. Al tiempo se mostraba comunicativo y sabiendo llegar a los alumnos con habilidad y sencillez. A veces parecía distante y muy exigente, otras cercano y familiar a la vez. Una combinación perfecta que, junto a la aplicación de sus especiales recursos didácticos, hacía muy eficaz el trabajo y el aprendizaje. A veces, con una simple mirada, un gesto o una breve frase ya te indicaba el camino a seguir. Era el camino del trabajo, del esfuerzo, de la atención constante, del respeto y cumplimiento de normas; y todo ello con el total apoyo de nuestros padres y sin que nunca se pusiese en duda la idoneidad de las medidas que tomaba. Por todo eso la Academia funcionaba bien y los éxitos brillaban.
Recordar a don Florencio es recordar a un hombre especialmente dotado para la docencia, con gran formación personal y profesional, inquieto por renovarse continuamente y al que no se le resistía asignatura alguna. Un profesor distinto, especial, a veces lejano, cercano otras, consejero siempre.
Un profesor que, de forma muy especial, aplicando su peculiares técnicas de aprendizaje, hacía fácil lo difícil, y que, a la vez, con tenacidad y paciencia, nos iba dotando de los recursos adecuados para un mejor rendimiento en el estudio, un mejor razonamiento, y un mejor enfoque de cada asignatura, para el examen en el instituto. Sus clases de matemáticas, física y química, filosofía, o las tardes dedicadas a comentarios de texto en literatura y latín serán difíciles de olvidar.
Y si aprobabas en junio, la vida seguía igual. Te esperaban las clases de verano para preparar el curso siguiente. En eso también sintonizaba con los padres. Ni depresiones ni gaitas. Era lo que había y había que aplicarse. Así consolidamos no sólo una buena formación sino unos valores muy positivos que nos han servido en nuestra vida y que constituyen lo que se llama "La Cultura del Esfuerzo", y de la que tanto adolecen muchos jóvenes de hoy día.
Además, don Florencio se mostraba cercano a la gente e integrado en el pueblo de la época. Era fácil verle en la calle hablando con padres y vecinos o jugando su partidita en el bar de Onésimo. Un hombre extraordinario que son sus virtudes y defectos (como todo ser humano) dejó en Fasnia, hace más de cincuenta años, el recuerdo imborrable de su buen hacer como profesor y persona, y que con su extraordinaria labor influyó decisivamente en la formación y futuro de cuantos tuvimos la suerte de pasar por sus manos. Dejó huella al andar y marcó una época en la historia de nuestro pueblo.
Por todo ello, más de cincuenta años después, algunos de sus ex alumnos atendiendo a la iniciativa de Arístides Díaz Chico y bajo su organización, están preparando un emotivo reencuentro con su antiguo profesor y familia.
De esta forma, se quiere renovar la gratitud y el afecto que don Florencio siempre nos mereció, al tiempo que será motivo para recordar interesantes vivencias en una etapa tan especial de nuestra vida. Que este escrito sirva también de sencillo homenaje a quien fuera nuestro profesor.
El acto tendrá lugar el próximo día 12 de julio, sábado, a las 13.30 horas en el restaurante de la Bodega "Cumbres de Abona" de Arico.
Al tiempo que se ruega pasar información hacemos un llamamiento a todos los que fueron alumnos de la Academia de don Florencio, familiares y vecinos en general.
Para concretar llamar al teléfono 922-533780. Arístides.
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