POCAS HORAS antes de que un regocjado José Luis Rodríguez Zapatero dijese que ser optimista es un rasgo de decencia, un pequeño empresario -en realidad, un simple autónomo que ha debido despedir a varias personas que trabajaban para él por falta de actividad-, cortaba la autopista del Norte de Tenerife con una excavadora. Posiblemente haya sido esta la última acción suya con esa máquina antes de que se la quiten por no pagar las letras. Con qué, si ya no tiene dinero ni para comer. Pero a Zapatero eso le da igual. Tenerife está a 2.000 kilómetros de Madrid; a 2.000 kilómetros del lugar donde unos políticos, que aseguran defender a los humildes trabajadores, celebraban con gran júbilo su congreso treinta y no sé cuántos. Y lo hacían, asimismo, con la presencia también de los socialistas canarios; esos que critican a los nacionalistas por ir a Madrid de pedigüeños, cuando ellos limosnean de igual forma sin salir de su propio partido. Ahí está el patético ejemplo del no menos grotesco López Aguilar, al que al final han enviado a Europa para que no siga dando la vara.
En cualquier caso, no hay que ponerse melodramático y afirmar, sin más, que Zapatero no se entera de lo que ocurre en Canarias porque esto le queda lejos; no se entera ni de lo que ocurre en Móstoles. Y si se entera, mira para otra parte. A Zapatero sólo le importan los asuntos secundarios, eso sí, siempre que posean suficiente gancho mediático para tapar la gravedad de la crisis. Así, hoy apoya el día del orgullo de no sé quiénes, mañana dice que a la lengua española la defiende la Constitución -por lo cual no necesita paladines-, al día siguiente su musa Bibiana Aído enuncia otro disparate y después vuelta a empezar.
Ser optimista es un rasgo de decencia y una exigencia moral, asegura el presidente del talante. Estoy de acuerdo. Cuando vamos por la calle y encontramos a una persona conocida, pero con la que no tenemos la confianza de la amistad íntima, es de mala educación responder que mal, aunque realmente lo estemos pasando mal, cuando el interlocutor pregunta cómo nos va. No es, sin embargo, el caso. La situación del país es grave y eso lo sabe muy bien tanto el presidente como el ministro de Economía, a quien Zapatero obliga a callar. ¿Es eso también un rasgo de decencia? ¿Es una exigencia moral ocultarle a los ciudadanos, como llevan haciéndolo Zapatero y Solbes desde antes de las elecciones, lo que realmente nos espera? ¿Es indecente o directamente inmoral retrasar la evidencia de que la burbuja inmobiliaria por fin ha estallado, y que dentro de poco no habrá ni un mal tractor en manos de los empresarios más débiles para protestar en una autopista? No; no puede serlo. En caso contrario, los socialistas, que además de tales se califican como obreros en las siglas de su partido, no hubiesen acabado con tan brillante fiesta su treinta y no sé cuántos congreso. Se lo hubiera impedido esa decencia que predica el secretario general.
Bien es verdad que la decencia no está de moda en ninguna parte. Porque ni siquiera Zapatero puede sospechar que en Canarias las cosas van mal, cuando los parlamentarios autonómicos, inclusive los impolutos socialistas, se han subido el sueldo y no rectifican ni a la de tres. En definitiva, no hace falta ir a Madrid para encontrar toneladas de impudicia.
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