CUÁL es el origen de la españolidad de Canarias? ¿Cuáles son las raíces de ese sentimiento absurdo abrazado por los isleños timoratos, temerosos de un futuro en libertad que sólo puede aportarnos bienestar económico y la satisfacción moral de poseer personalidad propia en los foros mundiales? Se trata de preguntas con fáciles y conocidas respuestas: una invasión brutal, así como el genocidio despiadado de un pueblo que poseía una estructura social y vivía en paz. Inferiores tecnológicamente debido a su aislamiento pero no menores en valor, los guanches sucumbieron ante los conquistadores castellanos y sus mercenarios. Individuos sedientos de riqueza, a los que no les importó masacrar a un pueblo, así como ultrajar y vender como esclavos a los supervivientes. Ese es el origen de la vinculación con España de las hasta entonces Islas Afortunadas. A la historia nos remitimos.
Nos parece interesante esta reflexión inicial porque hoy, ante las circunstancias que nos rodean, queremos volver sobre un tema del que ya hemos hablado: la petición de la soberanía para Canarias, con la consiguiente constitución de un país que tenga asiento y bandera propia en la ONU. Un logro que hemos de conseguir de forma pacífica e inteligente mediante un diálogo con las autoridades coloniales españolas. La iniciativa de ese diálogo le corresponde, en primer lugar, a los nacionalistas, pues son ellos quienes se han presentado ante el pueblo como defensores de las singularidades de esta querida patria nuestra. La más importante de estas particularidades es recuperar el estatus de nación libre que teníamos antes de la conquista.
Sin embargo, resulta evidente que estos nacionalistas nos han salido ranas. Mientras seguimos sometidos a España, ellos se dedican a la política pura en Madrid ?¿para eso los eligió el pueblo??, o a pastelear con el PSOE y el PP para que les concedan la reforma de un Estatuto de Autonomía que, en el mejor de los casos, sólo será un mal remedo de lo conseguido por catalanes, vascos e incluso andaluces. Comunidades autónomas que, a diferencia de Canarias, son regiones españolas pues están indefectiblemente unidas al continente. En definitiva, recoger las migajas que imploran es el único afán de los nacionalistas canarios. Nada tiene de extraño que no los tomen en serio sus homólogos peninsulares. En Cataluña y en Euskadi, a pesar de ser territorios españoles, los planteamientos son otros.
Que nadie nos entienda mal: repetimos una vez más, y lo haremos cuantas sean necesarias, que el único camino admisible para alcanzar la libertad como pueblo es el diálogo pacífico e inteligente. Eso sí, sin planteamientos absurdos como la necesidad de un referéndum de autodeterminación. Ese proceso, al que aspira, por ejemplo, el lendakari vasco, sobra en Canarias porque estas Islas ya eran independientes y estaban autodeterminadas como país libre antes de la conquista. Sobra también el referéndum porque estamos pidiendo algo que beneficia a todos los canarios. No dilatemos la consecución de un anhelado sueño de libertad, que no supone una ruptura basada en el odio. Queremos conservar nuestra lengua española, nuestra cultura española, el afecto por una herencia española imbricada en nuestra idiosincrasia isleña -aunque haya sido por la fuerza y de forma despiadada-, y hasta las relaciones de amistad con un país que nos ata en el presente como una propiedad suya allende los mares. Todo esto lo queremos, pero rechazamos seguir bajo la dependencia política y administrativa de España.
Tampoco nos vale, y en eso también hemos sido contundentes en el pasado al expresarlo, ser un archipiélago con autonomía por muy amplia que sea ésta. Se ha dicho que con el nuevo Estatuto tendríamos más capacidad de decisión que un estado libre asociado. Pero es que no queremos estar asociados a nadie por vínculos ajenos a lo que han de ser las relaciones normales entre países soberanos. ¿Resulta tan difícil entender esto? Las diferencias entre nuestras aspiraciones y una autonomía al uso no son notables; son de sobresaliente o de matrícula de honor.
El general Franco hablaba con frecuencia de la rica multiplicidad de las regiones españolas. Tenía razón en lo referente a los territorios peninsulares, pero no en lo que afecta a Canarias porque, lo repetimos, estas islas no son una región española. No pueden serlo estando a 1.500 kilómetros de sus costas y a 2.000 de su capital. Canarias no es una región española ni una de sus comunidades autónomas, por mucho que lo diga la Constitución de 1978. Esa misma Ley de leyes podría haber establecido que las Malvinas o las Comoras son españolas, desde luego sin ninguna validez. Respetamos y acatamos la Constitución, pero no podemos compartir el criterio de que integre al Archipiélago en el conjunto de un territorio al que pertenecemos por la fuerza de las armas.
Los enamorados de la españolidad alegan que la actual Constitución española fue aprobada también con los votos de los canarios. Y qué remedio les quedaba a los isleños. ¿Había posibilidad de rebelarse en 1978, cuando todavía, e incluso mucho después, se oían ruidos de sables en los cuarteles? No nos engañemos: Canarias está integrada administrativamente en España porque unas tropas regulares, acompañadas por mercenarios y soldados de fortuna -amén de otras gentes de baja ralea- las invadieron y masacraron a sus aborígenes, a los que diezmaron y convirtieron en esclavos. Estos hechos bastan por sí mismos para que la nación que envió a tales invasores sea desposeída de este territorio. Luego, en los seis siglos transcurridos desde estos ignominiosos acontecimientos, hemos sido tratados como peones de la finca de ultramar de los peninsulares.
También argumentan los isleños enamorados de la españolidad que en Madrid nos reciben con respeto. Falso. A los canarios nos miran en Madrid como aves raras; como seres exóticos que despertamos cierta curiosidad. Algo muy parecido a lo que ocurría con los guanches cuando, encadenados como animales, eran exhibidos por los conquistadores en las cortes europeas.
Pese a estas circunstancias, todavía existen quienes desmienten la situación colonial de Canarias. ¿Es que puede haber alguna duda al respecto? Tampoco nos vale esgrimir el argumento de la autonomía para privarnos del derecho a la soberanía. Somos una comunidad autónoma debido a la trampa jurídica del Parlamento español que nos integró, indebidamente, en el resto del territorio. Y en cuanto a la autoridad impuesta desde fuera, ¿tenemos que recordar cuánto sufrimos la autoridad de gobernadores civiles que se comportaban como virreyes? Una autoridad que hoy en día se perpetúa con la Delegación del Gobierno y la presencia de los partidos estatales, todos ellos con su sede principal en Las Palmas.
De igual forma carece de sentido poner trabas a que la ONU considere nuestra situación colonial por el hecho de que no estamos en su lista de territorios ocupados. No lo estamos debido a la intensa campaña realizada durante décadas por la diplomacia española. Sin embargo, la realidad es la que es. Somos una colonia aunque quieran disfrazarnos de autonomía. También se pretendía que fuesen españoles los saharauis. Hasta tenían sus procuradores en Cortes, a los que en Madrid miraban de forma extraña pues extraños eran en un país al que no pertenecían. Mediten los lectores en la distancia que nos separa de España, de Europa, y piensen si somos parte del continente europeo. Eso no cabe en cabeza alguna.
Ante la cobardía e ineptitud de nuestros políticos, no le ha quedado más remedio a Antonio Cubillo, un legendario patriota, que movilizarse para plantear una vez más ante la ONU nuestra situación colonial. En definitiva, Cubillo está haciendo lo que debían haber hecho Paulino Rivero, Adán Martín, José Luis Perestelo, Luis Mardones, Ana Oramas, Ricardo Melchior, Alfredo Belda y, en general, quienes han representado o representan actualmente al nacionalismo canario en Madrid.
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