D. BARBUZANO, La Laguna
En estos momentos en que tanto se distingue en La Laguna el consistorio, con Medalla de Oro, no debería olvidarse de un hombre, Enrique Armas Pérez, de 81 años de edad, que tiene el valor importante de haber defendido -aún hoy- su querida ciudad de Aguere con la máquina bautizada como "la cámara del pasado", porque captó para el conocimiento de presentes y futuras generaciones unas imágenes de una ciudad que es diferente a la actual.
Enrique Armas tiene valor porque ha sido un notario del tiempo, pues sus fotos son de gran relevancia a la hora de descubrir La Laguna del pasado o rescatar elementos arquitectónicos perdidos como, por ejemplo, el templete de la plaza del Cristo o el puente de piedra del pozo del Cabildo.
Antes de entrevistarlo, la emoción embargó a EL DÍA porque quería ver cómo era esa cámara del pasado con la que don Enrique ha hecho miles de fotos, muchas de las cuales han recibido premios.
Enrique Armas la trajo en su estuche de piel y al abrirla, con su color negro y aspecto impecable al tratarla como una hija, el fotógrafo sacó una extraordinaria Super Ikonta que se compró superados los 20 años de edad y le costó 3.500 de las antiguas pesetas.
Los orígenes de este fotógrafo se remontan al período de 12 a 20 años del que dice que "fue la época mejor de mi vida". Nació en la calle Juan de Vera, 61, y su padre compró una cámara de fotos que le costó 100 pesetas. Con ella hizo fotos su padre y nuestro personaje, que, poco a poco, le fue atrayendo hasta que decidió entregar parte de su vida a la fotografía.
Había hecho los estudios de Magisterio, pero no quería seguir estudiando en la Universidad, por lo que decidió trabajar con su padre, Enrique Armas López, en el comercio que tenía en la calle de La Carrera y alternarlo con la dedicación a la honrosa tarea de fotógrafo ambulante. Sacaba fotos de personas y fiestas y obtenía un dinero por ello.
Luego derivó su atracción fotográfica hacia el paisaje y entorno de La Laguna, como el desaparecido puente del pozo del Cabildo, la plaza del Cristo con su pavimento de tierra, álamos negros y burros pasando por la misma, la plaza del Adelantado con el edificio que había donde hoy está el Juzgado o calles que hoy no se parecen en nada al pasado.
Las excelentes fotos que obtenía Enrique Armas se debían a la formación en este arte con los estudios que cursó a distancia con un centro de Agfa en Barcelona y al cariño que sentía por esta actividad, como destaca: "La fotografía es mi ser, mi vida y una ilusión que sentía cuando buscaba el elemento a retratar o al encontrar el encuadre más idóneo, y se mantenía esa sensación en mi corazón hasta que recibía del laboratorio la copia de la imagen captada".
Aunque este fotógrafo es muy modesto, hay que decir que su importancia radica en que ha inmortalizado el pasado y lo ha convertido en documento de gran interés etnográfico, antropológico e histórico para conocer el pasado o actuar el día en que se quiera recuperar alguna seña de identidad perdida.
La importancia de Enrique Armas radica también en que practicó el cine, rodando películas como "Los campesinos y su romería", que TVE elogió, pero no pudo proyectarla porque al emitir televisión en blanco y negro y ser el trabajo del lagunero en color, perdía casi la mitad en el televisor.
Ello le llevó a hacer otras películas como "Ilusión", que trata de un pobre que se encuentra un billete de 100 pesetas y no sabe qué hacer con él. Su labor cinematográfica ha sido objeto de excelentes críticas como la de TVE, Ateneo de Bilbao, el Centro Cultural de Correspondencia de San Sebastián, que le dio un primer premio, y Cabildo de Tenerife.
Mucha gente entra y sale de la vida de La Laguna a lo largo de los años, pero sólo los verdaderos hijos y artistas de la ciudad dejan huellas en el corazón de sus habitantes y en las páginas de su historia. Uno de ellos es Enrique Armas, un verdadero amigo de La Laguna porque es alguien que conoce tal como es la ciudad, comprende dónde han estado sus lugares más pintorescos, y la ha acompañado en sus logros y sus fracasos, celebrando sus alegrías, compartiendo su dolor y sin juzgarla jamás ante presuntos errores, con su cámara del pasado.
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