C.C., S/C de Tenerife
Óliver Hernández heredó el gen del fútbol. El juvenil del Noria vive este deporte y sueña con ser profesional, como lo fue su abuelo, Álvaro. Su anhelo también lo persiguió su padre, sin suerte, en su día. Este delantero tiene cualidades, confianza en sí mismo y acepta los consejos de sus mayores con una madurez impropia de sus 17 años.
El abuelo Álvaro Hernández Castro (07-10-1937) sigue en la grada las evoluciones del "11" del Noria, el de las botas naranjas. "Con esos colores el rival se aparta", bromea el patriarca. No es un abuelo cualquiera, es todo un ex capitán del CD Tenerife, un club en el que entró en 1957 y en el que estuvo hasta 1969. En aquellos tiempos, la permanencia en un equipo era sinónimo de amor por los colores.
"Es alto, va bien de cabeza. Pero yo no puedo hablar con objetividad", dice Álvaro Hernández sobre las cualidades de su nieto. "Tiene mucha ilusión y eso siempre es importante. Yo también la tenía; la mía era ser internacional", con una sonrisa en su boca el ex defensa del CD Tenerife describe al delantero del Noria, autor de 17 goles en la recién concluida temporada.
Álvaro nota grandes diferencias entre los futbolistas juveniles de su época y los del presente. No en vano, 50 años los separan. "Antes éramos más hombres, aunque ahora se cuide mucho la preparación física; también técnicamente había mucha calidad", recuerda un ex futbolista que con 17 años, la edad de su nieto, se fue a jugar a la Balompédica Linense, la popular Balona, por 400 pesetas al mes y la ilusión de regresar al Tenerife.
Álvaro es un libro abierto. Las anécdotas se suceden por su garganta. Su hijo, del mismo nombre, oye abobado historias que ya conoce. Él ha pasado a Óliver sus ilusiones, las que le hicieron ser futbolistas del Güímar, Los Ángeles o San Andrés en los 80.
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