ÁLVARO MORALES, Pto. Cruz
Digna de novela y de guión de cine. Si en Canarias o desde fuera no se promueven más películas sobre la historia de las Islas no será por falta de buenos contenidos. Lo ocurrido en 1720 con el intendente Ceballos, el único que ha habido en el Archipiélago, es un diamante a pulir que ya tendría formato de celuloide si hubiese pasado en EEUU o en otros sitios con una industria cinematográfica más potente. Piratas en la piel de estibadores que vivían del contrabando de tabaco, un esclavo al que quiere liberar una mujer libre enamorada, un intendente que intenta acabar con los negocios sucios y con ese amor, y un desenlace trágico: 13 muertos, la mayor cifra repentina en Tenerife hasta el Golpe de Estado de Franco y la Guerra de 1936 a 1939.
El prolífico historiador orotavense Manuel Hernández ha publicado un nuevo libro, que ya le acerca al medio centenar, titulado "El Motín de la Intendencia" y que ahonda en 120 páginas en unos hechos que, para muchos tinerfeños, pueden resultar casi increíbles.
En 1718, Canarias, como otros muchos lugares del mundo, tenía esclavos. En el puerto de Tenerife, además, se concentraban las comunicaciones con América y el resto de España. Por supuesto, y aunque eran épocas de piratas auténticos, los estibadores ya hacían sus pinitos en la sempiterna economía sumergida con el contrabando de tabaco proveniente de las colonias españolas del mal llamado "Nuevo Mundo" ("¿Quién descubrió a quién?", que cantaría Juan Luis Guerra). Molesto y consciente de los turbios negocios, el rey Felipe V decide instaurar la figura del intendente en Canarias. Así, el intendente Ceballos trata de cortar los flujos de dinero fraudulento de los estibadores, que no lo suman precisamente entre sus amigos del alma. Muchos de estos contrabandistas eran mulatos. Ceballos disponía de un esclavo. Sin embargo, las circunstancias de la vida, en este caso el amor de "una mujer libre de Güímar", según apunta el historiador, le complica el uso de esta persona a su antojo. La mujer se marca como objetivo casarse para liberar a su amado, pero a Ceballos no se le ocurre otra cosa que, a modo de escarmiento, azotarlos junto a su Casa de la Aduana, en Santa Cruz. Fue el punto de inflexión.
Soliviantados, los estibadores y otros tinerfeños deciden ir a por el intendente y resolver varios "asuntos" a la vez. Asaltan como turba su casa y le matan a golpes, pese a que el párroco mandó a un fraile para persuadirlos. Ni siquiera los milicianos del Castillo de San Cristóbal actuaron en su defensa.
La Capitanía General, situada en La Laguna, apresa al tuntún a 12 participantes en el asesinato y, como represalia y tras un juicio sumarísimo y a toda prisa, decide matarlos a garrote vil, nuevo artilugio para las condenas de muerte. Tan nuevo, que la historia se da una vuelta de tuerca dramática, toda vez que el verdugo no sabía manejar la moderna tecnología o herramienta mortal y "sólo" pudo "acabar" con tres condenados durante toda una mañana (no hubo reciclaje laboral, cabría apuntar macabramente). Como alternativa, para los otros nueve retomaron la horca, de la que sí tenía sobrada experiencia. Desde entonces y hasta 1936, no hubo una matanza así en tan poco tiempo.
Hernández ha obtenido muchos datos que ahora desvela de un diario anónimo de un testigo de los hechos. Como compensación y un poco de alivio tras tanta muerte, por lo menos resalta que la historia de amor acabó bien: el esclavo fue liberado y se casó con su amada güimarera.
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