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ÁNGEL RIPOLLÉS BAUTISTA

La importancia de la política

6/jul/08 24:39
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DE PRONTO, en nuestra España, se ha caído en una politicismo integral. Y, ya se sabe, la política, como decía Cánovas, no es sino el arte de realizar en cada momento histórico aquella porción del ideal del hombre que taxativamente permiten las circunstancias.

Política es, entre otras cosas el arte de servir a los hombres, no de servirse a uno mismo, que esto es egoísmo y nada tiene que ver con la política. Porque, de actuar así, cometeríamos el error, como dice La Bruyere "de no pensar sino en uno mismo. Y en el presente, es grave fuente de error".

He leído hace poco que este país alcanzará la medida exacta de la democracia cuando los políticos sean sólo una parte integrante de un armónico concierto total del Estado, inteligentemente estructurado, es decir, como los abogados, o los médicos, o los arquitectos, o los ingenieros, parcelas interrelacionadas de la sociedad, con su valor intrínseco dentro de cada una de ellas.

En la Suiza francesa tuve la oportunidad de estudiar -cordialmente asesorado por un compañero helvético- la organización cantonal de aquel país maravillloso, y de conocer -someramente- el alcance que allí se da a lo político. Efectivamente, al preguntar a mi amigo suizo por el nombre del presidente de la República o de tal o cual cantón, nadie sabía decírmelo. A ninguno le preocupaba.

Quiere esto decir, que allí -y a esto hay que aspirar- la política no es más que la Arquitectura o que la Medicina, pongamos por caso; esto es, una parcela social importante para quienes concretamente la ejercen; pero, para el resto de los ciudadanos, es algo normalmente incorporado a la vida social, como la Ingeniería o el Derecho, y en modo alguna prima sobre el resto de las interdependencias indicadas. Y, por supuesto, no ocupa por entero las páginas de los rotativos, ni sus líderes lo son más que los profesionales o empresarios.

Sería un buen ejercicio, en el comienzo de cualquier andadura política, poner las cosas en su sitio y reducir a sus justos límites el descomunal protagonismo de lo político y de los políticos sobre el resto de las actividades sociales; porque, como se dice en la escritura, el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado, mas es tanta la politización ambiental, que esta indiscutible verdad no lo es tanto para los que piensan y sienten que el país es para los políticos y no a la inversa.

Es necesario entonces que hagamos uso de la inteligencia, que ahí es donde estriba la diferencia: no tanto en el hecho de tenerla, sino en el de usarla adecuadamente. Es decir, buscando la apertura de la realidad para penetrar en lo más íntimo de nosotros mismos, y apoyarla en las raíces morales de que se nutre.

Pero esta tarea hemos de realizarla sin permitir que pueda falsearse aquella realidad, porque si grave es tal actitud a nivel personal, alcanza caracteres de catástrofe histórica cuando la crisis individual adquiere proporciones colectivas.

Y, por otra parte, este sincero ejercicio de la inteligencia debe evitar caer en los tres clásicos peligros: la confianza, porque nadie es inteligente de forma segura y automática; el rencor, porque nos hace cerrar nuestra comprensión a lo real, y, por último, el resentimiento, porque conlleva un volverse contra la inteligencia, aplicándola a la transformación de una sociedad, por tantos conceptos deformada.

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