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Canarios, demos valor a lo nuestro

6/jul/08 24:39
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A veces me despierto en la mañana con la esperanza de que al abrir las cortinas de mi habitación me voy a encontrar con un sol radiante, montañas y un océano azul interminable, que se ofrece a mis ojos y que me transmite la fuerza de su energía mañanera. Esto que ahora echo de menos y añoro tanto lo disfruté casi cada día en la isla en que nací -Tenerife-, mientras estuve residiendo allí.¡Lo que es la vida!, en aquella época el intenso brillo del sol, el cálido tono del cielo o el perfil de las montañas pasaban desapercibidos a mi mirada; incluso, yo no les prestaba la menor atención. Han pasado los años; después de haber recorrido el camino que me marcó el destino, cual ave migratoria, cambié de nido. Ahora, cada vez que vuelvo a la Isla, descubro que sus montañas tienen formas extraordinarias, que el sol amanece con un brillo diferente, que el mar y el cielo son de un azul más intenso. Rincones increíbles que antes simplemente no existían para mí estaban delante de mis ojos insinuándome que los mirase y yo no los veía. ¿Por qué los canarios no damos valor a lo nuestro y, en cambio, exaltamos lo de otras latitudes? He viajado como turista por numerosos países y, sinceramente, he tenido que reconocer la belleza paisajística de alguno de ellos. Esto me ha hecho llegar a la conclusión de que el viajar tiene sus ventajas; gracias a ello, ahora comprendo y respeto mucho más que antes las maravillas del paisaje de las Islas Canarias y, en concreto, las de Tenerife. No debería hacernos falta salir fuera el tiempo que sea -como me ha ocurrido a mí y a tantos otros canarios-, para poder valorar al volver lo que antes no valorábamos o hacíamos de una forma diferente. Yo les brindo mi experiencia y les invito a que observen detenidamente esta naturaleza isleña que impaciente espera a que la descubramos y a que nos sensibilicemos un poco más con ella. Los canarios hemos heredado de nuestros guanches un país hermoso rodeado de océano, palmeras, volcanes y un cielo azul que contrasta con el verde esperanza de sus montes y el color de las finas arenas de sus playas. Sublime y majestuoso, el Teide se eleva imponente sobre un mar de nubes de un blanco inmaculado, como símbolo de libertad y amor de una tierra y su pueblo.

Hoy he vuelto a abrir las cortinas de mi habitación como cada mañana, y he mirado a través de la ventana. El cielo está igual de gris que ayer y llueve. No veo montañas ni mar azul y el sol brilla por su ausencia; pero qué importa, tengo en mi mente una folía y en mi corazón las notas de un timple que iluminan mi alma.

Latiendo está el corazón, del Teide allí en las alturas,

late de amor por sus islas, él las quiere con locura.

Salen ya de su garganta las notas de una folía,

la brisa recita versos, el mar mece su alegría,

en la tierra de los guanches, del gofio, el timple y las isas.

victoriadorta@live.be

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