La otra noche tuve la suerte de cenar con Fernando Alonso. No el Fernando Alonso que corre veloz con bólidos que han fabricado otros, sino con el vicepresidente de la División de vuelos de prueba de Airbus, y uno de los padres del actual gigante de los aires: el Airbus 380.
Hace algún tiempo, cuando vi por televisión el primer despegue de este avión, sentí un inconfesable orgullo. Mi único mérito en este enorme logro tecnológico es ser ciudadano de un país que, en su calidad de miembro de la UE, forma parte del pujante consorcio aeronáutico que es Airbus. Exiguo mérito, como ustedes pueden comprobar, aunque a todos nos debería concernir que Europa se ponga por delante de Norteamérica en un campo que requiere tanto desarrollo tecnológico, además de una inmensa capacidad de marketing para no desaparecer del mercado al día siguiente, como es el diseño y construcción de nuevos aviones. Aeronaves que vuelan más lejos, pueden llevar a más pasajeros, a un precio más reducido y con un menor consumo de combustible que los modelos anteriores. Crean que no es fácil.
Sobra decir que el mundo actual no sería el que es sin Europa. El hoy tan denostado Viejo Continente generó dos guerras planetarias y monstruos sociales como el nazismo hitleriano y el comunismo soviético, pero también fue cuna de lo más florido de la cultura y la ciencia. En tecnología perdió protagonismo a favor de Norteamérica a lo largo del siglo XX. Airbus es sólo una punta de lanza no para recuperar la supremacía tecnológica -esa palabra hoy en día suena mal-, sino para ocupar un lugar digno junto a los gringos y los japoneses.
Sobra decir que si en vez del Fernando Alonso ingeniero y piloto hubiese venido a Tenerife el Fernando Alonso que compite con los coches de otros, las primeras páginas de los periódicos y las cabeceras de los informativos televisados hubiesen dado buenísima cuenta del acontecimiento. La aviación, a la vista está, tiene menos interés que la Fórmula 1. Esas son las reglas del juego y no seré yo quien cuestione, aquí y ahora, por qué son tan raros los movimientos del caballo del ajedrez. Lo importante es jugar la partida y ganarla. Y con el Fernando Alonso ingeniero ganamos todos. Los españoles, porque él es español, y los tinerfeños porque hemos tenido la ocasión de escuchar sus explicaciones sobre el que, hoy por hoy, es el avión más grande y tecnológicamente más avanzado del mundo.
Fernando Alonso era una de las seis personas que iban en el Airbus 380 cuando realizó su primer vuelo en Toulouse, el 28 de abril de 2005. Durante la cena escuché ensimismado los detalles de aquella experiencia -pormenores que no recogieron los medios de comunicación- porque Alonso, además de un excelente piloto e ingeniero, es un hombre capaz de exponer con palabras sencillas los aspectos más complejos de la aviación. Me sorprendió su aire campechano; esa forma que tienen de relacionarse con los demás quienes jamás se preocupan por demostrar lo mucho que saben. Supongo que las numerosas personas que acudieron a su conferencia en el Auditorio de Tenerife tuvieron esta misma impresión.
Me queda agradecerle a Sergio Herrera, un hombre que vive para la aviación, no sólo haber conocido personalmente a una persona excepcional como Fernando Alonso -fue Sergio quien convenció al Cabildo para secuestrarlo de Toulouse y traerlo a Tenerife-, sino también el que lo hayan conocido muchos habitantes de esta Isla. Gracias a personas con el entusiasmo de Sergio y de Fernando, que está encantado con el recibimiento que ha tenido en la Isla, quizá pronto veamos aterrizar en uno de nuestros aeropuertos al Airbus 380. Tal vez más pronto de lo que muchos se imaginan.
rpeyt@yahoo.es
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD