"Ser optimistas es algo más que un acto racionalidad, es una exigencia moral, un rasgo de decencia y, si me lo permitís, hasta de elegancia". El líder de los socialistas admitió que el partido que hace tan sólo cuatro meses ganó las elecciones generales con once millones de votos se enfrenta ahora a "adversidades" y situaciones desfavorables. Pero se negó a cambiar el discurso con el que, en plena campaña capeó unos datos que ya hacían presagiar una fortísima desaceleración económica. "Estoy convencido de que pecar de optimismo respecto a las posibilidades de un país es un pecado venial, pecado mortal es ignorar nuestras propias fuerzas", insistió.
Ni cambió el discurso ni cambiará, según aseguró ante los casi mil delegados congregados en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid, las políticas que prometió en tiempos de bonanza. La dirección socialista ha llegado a la conclusión de que su única baza para no perder terreno frente al PP en este debate es subrayar lo que los diferencia; abandonar las cuestiones técnicas, en las que el margen de maniobra del Gobierno es limitado, y ahondar en la ideología. Frente a una militancia que ha dejado clara a través de miles de enmiendas su preocupación por una deriva en exceso pragmática que acabe por difuminar los rasgos de la izquierda, Rodríguez Zapatero prometió lealtad a los ideales del "socialismo democrático". Pero no explicó cómo lo plasmará en propuestas futuras.
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