Hay muchas formas de utilizar el racismo para hacer política. En eso no le falta razón a Doudou Diène, relator de la ONU contra la discriminación racial, la xenofobia y la intolerancia. Personalmente coincido con la denuncia que acaba de hacer durante su estancia en Barcelona. Dice Diène, senegalés de origen y doctorado en Derecho Administrativo por la Universidad de París, que "en España hay fuerzas políticas que utilizan el racismo para hacer política". Aunque no especifica cuáles son, cabe suponer que no está pensando en el PSOE. A fin de cuentas, los socialistas han impulsado la Alianza de Civilizaciones.
Si no es el PSOE, cabe pensar que Doudou Diène tiene en su cabeza a partidos como el PP, o aquellos que agrupan a los nacionalismos periféricos. Y ya que su reflexión en voz alta tuvo lugar en Barcelona, quizá pensaba en CiU; al menos en la CiU de cuando Pujol era honorable presidente de la Generalidad, y su esposa arremetía contra los inmigrantes que estaban disolviendo con su presencia la identidad catalana. No obstante, tampoco existe necesidad alguna de que este relator de las Naciones Unidas se circunscribiera a los nacionalistas catalanes. En CC también existen reconocidos reos de racismo por decir, entre otras barbaridades, que ahora mismo hay casi 1.200 inmigrantes sin papeles internados en centros de las Islas -la mitad de ellos alojados en Tenerife-, lo cual hace la situación insostenible. O por denunciar, igualmente sin ningún atisbo de piedad étnica, que sólo en los últimos días han llegado al Archipiélago otro centenar de menores; algo que trastoca dicha situación no ya en insostenible, sino en desesperada.
Pienso que todavía media una diferencia abismal entre la queja por falta de espacio para albergar a los que llegan sin papeles -ningún humanista, progre o rasgador de vestiduras al uso acoge a un africano en su casa- y de recursos para atenderlos, y la solución final que le aplicó la Alemania nazi al "problema judío". Es, empero, tarea de personas como Doudou Diène reducir esa diferencia a la nada, y vivir luego a costa de ello sin necesidad de soportar las penurias de Senegal. No sé si esa es, en sí misma, una forma de sacar réditos, políticos o de cualquier tipo, a la tragedia de la inmigración. Lo único claro es que Occidente aguanta todo lo que le echen encima. Indudablemente cansa ya que los malos -y los buenos- de la película siempre sean los mismos, pero así es el juego.
Más peliaguda es la crítica de Doudou Diène sobre el hecho, a su entender inadmisible, de que Europa construya su identidad sólo sobre el cristianismo. Lo cual es falso: el Viejo Continente no necesita construirse en lo ideal a partir de la fe cristiana. La moral de Europa es, desde hace quince siglos, una moral cristiana por la que se rigen incluso los agnósticos y los directamente ateos. Situación que no impide la libertad para abrazar cualquier religión. Cabría preguntarle a Doudou Diène si en su Senegal natal, con un 94 por ciento de musulmanes, existe la misma tolerancia. Bien es verdad que hablar de racismo, y de su utilización política, en Senegal, produce tantos beneficios como una fábrica de hielo en la Antártida. Por eso el relator no habla en Dakar, sino en Barcelona.
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