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EL VARISCAZO MONTY

¿Crisis, qué crisis?

1/jul/08 07:01
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COMPRANDO recientemente en un establecimiento, el dependiente y yo nos quedamos silenciosamente sorprendidos; habían entrado dos niños correctamente vestidos y rubios como la cerveza, que diría la Piquer en su famosa copla, y después de dar los buenos días con perfecto acento canario esperaron turno para que les atendiesen. El caso es que como no tenía prisa, le hice un gesto al empleado para cederle mi turno. Preguntados qué deseaban, el más pequeño de los dos, con aspecto más decidido, solicitó un tipo de cable de conexión determinado que a mí me dejó por un momento traspuesto para discernir qué demonios de complemento estaba pidiendo. Algo que el dependiente entendió a la perfección y le mostró lo que deseaba en un santiamén. Después de mirarlo detenidamente y saber el coste, el pequeño inquirió de nuevo: "¿Tiene algún otro de mayor calidad?". Ante la negativa, le hizo un gesto a su acompañante mayor para que pagara el precio convenido. Hecho esto, se despidieron de nosotros con la misma corrección con que habían entrado.

Resulta tan insólito hoy en día encontrar a un menor que salude cortésmente al entrar en un lugar, que por ello lo estoy relatando como si fuera una primicia. Sin embargo, ante su insistencia en pedir un artículo de mayor calidad, sin importarle el precio, determinó su condición de miembro de esta sociedad del bienestar que se ha criado totalmente ajena a las carencias que sucesivas generaciones hemos padecido en distintas fechas.

Si yo le dijera a una joven quinceañera de hoy que se tiñera las piernas con tintura clara o con una solución a base de té y con un lápiz de ojos se pintara en la pantorrilla la imaginaria costura de unas medias inexistentes, probablemente me diría que si estaba colgado. Y si, igualmente, pretendiendo ser más imaginativo que Ferrán Adriá, solicitara en un restaurante una tortilla española sin papas ni huevo, con toda seguridad el camarero me diría que si le estaba tomando el pelo. Pero para completar esto último, les describiré una receta extraída de un libro denominado "Cocina de recursos", escrito en 1938 por un cocinero llamado Ignacio Domenech, que consistía en la piel interna de la naranja, puesta en remojo previamente, a la que luego se le unía un sucedáneo de huevo; hecho a base de unas gotitas de aceite, cuatro cucharas de harina, diez de agua, una de bicarbonato, una pizca de pimienta molida, sal al gusto y, si lo había, colorante artificial para dar el tono amarillento que correspondería a una tortilla auténtica. Imaginémonos el sabor de aquel mejunje, que era devorado con ese afán que da el hambre y la carencia. Esto sí que era una tortilla deconstruída y no la química esnobista del cocinero de El Bulli. En definitiva, con estos dos ejemplos y la exigencia de mayor calidad del menor que he citado, tendremos que reconocer que ningún miembro de esta sociedad está preparado para dar ese inevitable paso atrás en el desaforado consumismo a que nos hemos acostumbrado. Sin embargo, aunque nuestros hábitos se resistan, la falta de liquidez nos obligará a retomar la prudencia de antaño y a reconsiderar las cosas que son necesarias para descartar las superfluas. Eso, al menos, es lo que pretenden que hagamos todos los políticos de turno desde sus bien remuneradas poltronas; e incluso hasta tienen el cinismo de pronunciarse abiertamente contra las medidas lógicas, pero tardías, de este gobierno de falaces que ahora rige nuestra andadura vital dentro de un mundo económicamente convulso.

Siendo, como es, una medida psicológica la supuesta congelación salarial de los altos cargos, aunque en la realidad hayan aumentado en un 60% los beneficiarios zapateriles, la sensación general es que ninguna fórmula va a frenar el descenso económico que maquillaron sabiamente los ahora gobernantes en su pasada campaña electoral; tachando, incluso, al partido competidor como de auténticos alarmistas. Pocos meses después, la realidad ha ido mucho más deprisa que la ficción y prefiero no pensar en el decrecimiento económico que nos va a sobrevenir, si antes no ocurre una inesperada caída del precio del factor petrolífero.

Y lo más irónicamente risible de esta crisis esperada y no prevista a tiempo, es que si la mayoría la vamos a padecer en mayor medida, siempre existirán los pescadores en río revuelto que, por esa ley de la balanza, inclinarán a su favor su platillo repleto de beneficios. No hay más que echar un vistazo a los dividendos del banco del señor Botín, o las cuantiosas ganancias de todos los que han acaparado esas grandes cantidades de combustible para generar una mayor demanda y el aumento consecuente.

Ahora los que tantos beneficios han cosechado en época de bonanza constructora, agrícola o industrial se lamentan de no poder ganar tanto como entonces, y son los primeros en demandar una serie de medidas (ya las están disfrutando) fiscales para compensar su margen de beneficios. Por el contrario, vuelvo a repetirlo de forma reiterativa, persiste el silencio sindical a coro con las organizaciones de consumidores para reclamar equidad en el trato fiscal, mucho más agudizado en las economías familiares a las que se les vendió la idea de conseguir todo lo que antes resultaba una utopía. La consecuencia es la de una clase media angustiada, que no sabe ni tiene un alivio tributario que compense este inevitable endeudamiento.

Viendo y escuchando, horas antes de escribir este comentario, las hipócritas declaraciones de los portavoces parlamentarios de los dos partidos que ahora gobiernan en Canarias, sentí una inevitable revoltura de bilis en mi estómago. Si tuvieran un ápice de vergüenza congelarían de inmediato ese insolidario aumento que se atribuyeron de espaldas a la crisis. ¿Qué crisis?, se preguntarán con sorna mirándonos por encima del hombro.

jcvmonteverde@hotmail.com

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