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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Los límites de la orgía

1/jul/08 07:01
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Cada vez que se produce un acontecimiento como la final de la Eurocopa del pasado domingo, surgen por doquier doctas voces que nos explican, con más o menos pseudociencia, que el fútbol no es sólo un deporte sino un acontecimiento que trasciende en mucho los ámbitos de una competición. Nada más lejos de la realidad. El fútbol, desde luego, no es sólo un deporte; es también un abrumador tinglado mediático para que unos pocos -poquísimos- realicen prósperos negocios, otros cuantos más -los futbolistas, entrenadores y, a veces, hasta los directivos de los equipos- se embolsen cuantiosos sueldos por correr detrás de un cuero y darle patadas, y el resto de los implicados, es decir, la afición, se divierta y desahogue una hora y media cada domingo en el estadio, lejos de la prole llorona -o directamente problemática- que lo incordia, y la parienta con rulos que lo increpa. Bien es verdad que ahora también son multitud las mujeres que van al fútbol. Todo cunde.

Líbreme Dios, en cualquier caso, de criticar que la gente acuda a un campo de fútbol para desahogar sus pasiones. Al contrario. Afirmo que espectáculos como el fútbol son adecuadísimas válvulas de escape. El "pan y circo" les funcionó bien a los emperadores romanos, y el entonces Madrid de las seis copas -ahora ya nueve- le arregló muchas papeletas al franquismo. Lo cual no es poco, si bien no refrenda extrapolaciones alegres. Argumentar, como se ha hecho estos días, que España es más patriótica porque las calles hayan estado inundadas de banderas nacionales, supone caer en una simpleza inocua -esas cosas no le hacen daño a nadie-, pero alejada de la realidad. En el fútbol, como en muchísimos deportes y actividades humanas, la gente se arrima al vencedor. Sin salirnos del ámbito del balompié, en Tenerife son multitud los hinchas del Barcelona, del Madrid y hasta del Valencia. Conozco a un gomero que es seguidor del Valencia. El hecho de que la selección española haya sido la estrella de esta competición, como sin duda lo ha sido, ha creado una afición arropada de rojo y amarillo, aunque sólo eso. Si la estrella hubiese sido Alemania o Rusia, los colores probablemente también hubieran sido distintos.

Existe, empero, un aspecto menos visible -o, si se prefiere, una lección más sutil- en esta competición deportiva que nos debería llevar a la reflexión. ¿Hubiera alcanzado la final no ya una selección canaria, sino incluso una catalana o vasca? Dejo la respuesta para los comentaristas deportivos, que son muchos y muy doctos en la materia. Aunque intuyo que no. Nos guste o no, la unión hace la fuerza. España con sus 17 comunidades autónomas está en los últimos puestos del pelotón de cabeza de los países desarrollados, pero está. Cataluña por su lado, las Vascongadas por el suyo y los gallegos presos de su morriña universal, ni por asomo.

Y si esto es verdad para algo tan lúdico -y hasta aleatorio- como es el fútbol, imagínense ustedes lo que tiene de cierto en asuntos de más calado. Es decir, en temas de disputas internacionales, cuando no está en juego un mero trofeo de plata, sino cuestiones por las que con frecuencia la humanidad ha ido a una guerra. Ese, y no otro, es -o debería ser- el límite de la orgía nacionalista.

 

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