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PABLO PAZ

La orla

24/jun/08 01:12
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EL OTRO día acudí a una de las muchas ceremonias que por estas fechas se celebran en los institutos de nuestra ciudad con motivo de la finalización del curso escolar. En la mayoría de ellos, a dicha ceremonia se le da el nombre de entrega de "la orla" Se supone que, acabado el curso, se recompensa simbólicamente a los alumnos que han aprovechado el tiempo y los estudios, y lo han finalizado con una nota suficiente como para merecerse "la orla"; que, como todos ustedes saben, no deja de ser una serie de fotos más o menos horrorosas, que te dan en una especie de folio plastificado. Bueno, unos te lo dan, y la mayoría te lo cobran.

El acto fue enternecedor y campechano. En él se concentra lo que ahora se ha dado en denominar en plan cursi "la comunidad educativa"; ya saben, profesores, estudiantes, padres, etc. Comprendo que, por defecto profesional, no puedo asistir a un acto de estas características sin analizarlo y sin sacar consecuencias de lo que oigo y veo. En primer lugar me llamó la atención lo más obvio: la manera que tienen los jóvenes de interpretar la importancia y la repercusión social que para ellos tenía aquel acto. Supongo que, por parte de la Dirección del centro, les indicarían la conveniencia de ir vestidos de forma y maneras adecuadas a la circunstancias; y, por tanto, en consonancia a la importancia del acto que se iba a desarrollar. Y, como la vida misma, donde el protocolo se ha convertido en un cachondeo que cada cual interpreta a su manera, el alumnado al que estamos aludiendo no iba a ser menos: unos iban vestidos como si fueran a una boda; otros, como si vinieran directamente de la playa; los había que parecían que iban de discoteca; e, incluso, los había que iban vestidos como siempre, o sea, de chandal y con la gorra puesta y la visera hacia atrás; no fuera que el sol, dentro del salón de actos, les derritiera las ideas que almacenan en el cogote. Las chicas, por su parte, que para estas cosas son muy suyas, iban en general mejor engalanadas, que tampoco quiere decir gran cosa; pero, al menos, daban menos el cante. Algunas llevaban más pintura en la cara que un indio apache en pie de guerra; y otras la "no ropa" que lucían con cierto garbo desafiante dejaba traslucir hasta el mismísimo carné de identidad. Algunos chicos, por su parte, acarreaban más oro encima que la Virgen de la Macarena: anillos, pulseras, pendientes, cadenas con enormes colgantes, etc.

Iban llegando a las puertas del instituto en grupos; muchos de ellos con sus familiares y otros con sus parejas o con los amigos. Y, aunque la mayoría de ellos, por razones obvias de proximidad al centro educativo, vivían por las inmediaciones, prefirieron hacer su acto de presencia como si de un festival de cine se tratara y les aguardaran en la alfombra roja cientos de curiosos y admiradores bajo los focos de las cámaras. Rápidamente, se acumuló una fila de coches; más bien diríamos cochazos, de marcas de prestigio, e impolutos -de esos que mi hijo me dice de broma, cuando vemos a gente muy joven conduciendo esos enormes cacharros que valen un dineral, "papá, eso es la droga"-. Se iban bajando de los coches mientras hablaban por sus móviles de última generación, y sus amigos les hacían fotos con modernas cámaras digitales, y ellos se mostraban sonrientes, mientras se quitaban las enormes gafas de sol, de esas de marca, con más cristales que los escaparates del El Corte Inglés. En fin, todo muy apropiado y acorde a lo que se lleva ahora.

Se supone que la mayoría de aquellos chicos y chicas eran "simplemente" estudiantes; alumnos de un instituto de barrio obrero sin más trabajo ni obligación que la de estudiar; así mismo, se supone, que eran hijos de familias humildes, de esas que la mayoría de las veces ponen a sus hijos pequeños al comedor escolar y, encima, solicitan una beca porque no tienen dinero para darles de comer. Pero, no obstante, todo esto es puramente anecdótico, porque lo que realmente más me llamó la atención fue el hecho de que, a la hora de entregar "la orla" a los alumnos, a los cuales iban llamando uno por uno y por sus apellidos, para que fueran subiendo al escenario, lo hacían sólo unos pocos. Pues cuál no fue mi sorpresa cuando vi que, por ejemplo, del ciclo medio de Administración y Finanzas subieron cinco alumnos; de informática, sólo algunos más; de los que habían acabado el segundo de bachiller, siete?; y así sucesivamente. ¿Y el resto de los alumnos?, supongo que se preguntarán ustedes. Pues, sencillamente, no existen; quiero decir que no superaron el curso; aunque muchos de ellos se encontraban allí formando parte del espectáculo. Perdón, de la ceremonia.

El acto, no obstante, fue ameno, sencillo y emotivo. Los profesores se encontraban situados encima del escenario, mientras los alumnos subían a recoger su "diploma-orla" entre los aplausos de los compañeros y el griterío propio de exaltación de sus respectivos familiares. Una vez arriba, saludaban a los colegas-profesores con palmadas y abrazos, como si éstos fuesen uno más de la pandilla. Todo muy entrañable, muy didáctico, muy democrático, muy?; no sé, es como si me faltaran las palabras. Según escuché posteriormente en los corrillos que se hacían al salir del acto, frente a la presencia de varios coches patrullas de la Policía Nacional que, según me dijeron, suelen pulular por las inmediaciones del instituto para evitar jaleos y peleas entre bandas, lo peor, decían, es lo que venía a continuación, una vez obtenido el título. Ya que, una vez situados en el mundo laboral, era difícil, muy difícil, encontrar trabajo; y casi imposible encontrar uno que coincidiera con la titulación obtenida.

Está más que comprobado que nuestra sociedad canaria no puede sentirse satisfecha del balance que exhibe la educación; el resultado es, sencillamente, patético: alto índice de fracaso escolar; abandono de los estudios de forma prematura; el preocupante descenso de los niveles de conocimiento humanísticos y científicos; la desmotivación alarmante de los maestros; agravado, encima, por un deterioro salarial y unas más que pésimas condiciones de trabajo; la pérdida de la auctóritas? etc. En fin, está claro que tenemos un problema con la educación; y éste no se comenzará a resolver hasta que la sociedad no se dé cuenta de que dicho problema nos afecta a todos.

macost33@hotmail.com

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