SIEMPRE he dicho que Garachico ha tenido mucha suerte con los alcaldes que han estado al frente del Ayuntamiento de la Villa y Puerto. Al menos por los que he conocido y tratado, desde don Teodoro Velásquez, que desempeñó la alcaldía en las décadas de los cincuenta y los sesenta para acá. A don Teodoro le tocó vivir el tiempo de escaseces y de crisis, en todos los sentidos, y fue para los garachiquenses más que un alcalde, un padre, porque era la persona que favorecía a todos. Profesionalmente, desempeñaba el cargo de administrador y apoderado de la familia Brier, que entonces vivía en la famosa casona, una maravilla arquitectónica que adquirió el Cabildo Insular para instalar un museo y que aún puede verse, magníficamente restaurada, justo a la salida de la Villa, en la carretera que conduce a Los Silos y Buenavista.
A la familia Brier pertenecía mi gran amigo Gustavo, el ingeniero de minas, quien, además de una importante labor en canteras y galerías, se hizo famoso por su artículo, publicado en estas páginas, "Los aguatenientes y aguamangantes, una crítica contra los que explotaban el agua de los nacientes naturales de la Isla".
Los Brier y su administrador, don Teodoro Velásquez, dieron de comer a mucha gente necesitada en los tiempos de escasez de Garachico. Don Teodoro hacía llegar todos los días la comida a las religiosas de clausura Concepcionistas, que no contaban con ningún ingreso en aquellos meses críticos. Fue durante mucho tiempo.
Otro detalle de aquel hombre extraordinario fue cuando un día fui de excursión a Garachico, al mando de una centuria del Frente de Juventudes, a cuya organización pertenecía. El alcalde puso un camión municipal a disposición de la expedición, formada por más de medio centenar de muchachos, para traernos de vuelta a Santa Cruz. No se le cayeron los anillos por ser él mismo el que condujo el vehículo. Esas eran sus costumbres, sus formas y sus reacciones, y le respetaban y querían porque, además, estaba pendiente constantemente de la Villa y de las necesidades del pueblo.
Y ¿quién no conoce a Lorenzo Dorta, artífice del moderno Garachico, con su avenida de Adolfo Suárez, su parque de la puerta de tierra, su largo y falso túnel y tantas cosas más? ¿A Gaspar González Regalado, con su balneario del Caletón, y una tremenda máquina de iniciativas, y al actual alcalde, Ramón Miranda, a quien acaban de condenar por expresar una sospecha de influencia, que se califica como una ofensa al honor? O sea, que en política ya está prohibido hasta sospechar.
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