NO TODOS LOS DÍAS, aunque sí con una frecuencia mayor a la deseada, me encuentro con un señor cuya mera presencia sirve para evocarme la España decimonónica. Quiero decir esa sociedad, y por añadidura el país formado a partir de esa sociedad, incapaz de avanzar con paso decidido hacia el futuro. Es, a falta de una definición mejor, un señor gris en el sentido más peyorativo de la expresión, cuya principal característica es su capacidad para evocarme de inmediato a otra persona: cada vez que lo veo pienso indefectiblemente en Mariano Rajoy. Y cada vez que veo a Mariano Rajoy, pienso en el tipo gris. Con lo cual, mirando a uno y otro polo de un mismo disparate, no dejo de sorprenderme ante la sorpresa -discúlpeme el lector las redundancias a propósito- de Esperanza Aguirre por que el presidente del PP sea, a su vez, candidato automático en la próxima cita electoral.
¿Puede ganar Esperanza Aguirre unas elecciones generales? Sí. ¿Puede hacerlo su antagónico competidor Alberto Ruiz Gallardón? También. ¿Y Rajoy? ¿Puede don Mariano ser presidente del Gobierno de España? Difícil lo veo. Lo cual demuestra que la preparación intelectual cuenta poco en el marketing político. Se puede ser inteligente y no ganar, o viceversa. Aunque tampoco faltan ejemplos de zoquetes políticos que a la vez son perdedores. La Niña es el mejor ejemplo de tales especímenes. Zapatero es un zascandil, pero un enredador con capacidad de hacerse creer. Lo cual supone un paso imprescindible para conseguir votos. Dicho de otra forma: la gente se fía de Zapatero aunque diga mentiras, pero recela de Rajoy aunque diga la verdad.
Lejos de asumir esta debilidad que no lo imposibilita para presidir el PP, pero sí para ser el candidato de los populares en unas elecciones -ya ha perdido dos en el pasado-, se empeña el de Galicia en enrocarse para que nadie lo desplace del poder. Pero el poder con minúsculas; el que lo limita a ser mero líder de la oposición, no el máximo gobernante del país. Ni triunfo del diálogo, ni cohesión interna, ni capacidad de encajar las críticas, ni nada. Desde ayer, domingo, el PP es un muerto viviente que deambulará por la política española hasta que, insoportable ya el olor a cadaverina, alguien decida enterrarlo. ¿Cuándo? Algunos apuntan que después de las elecciones europeas. No lo sé, aunque eso también lo dudo. Eso sí, las cosas pueden cambiar tras el tercer y definitivo batacazo de Rajoy en 2012, si es que entonces tampoco gana. Lo peor es que a esas alturas los posibles relevos, salvo Gallardón, ya estarán un poco viejos.
Lo penoso, empero, no es este zombi político nacido ayer; lo más desmoralizante es la supervivencia de la España negra surgida del desastre de 1898. O, dicho con más rigor, la causante de aquella debacle y de todo cuanto sucedió luego hasta el estallido de la Guerra Civil. La España arcaica que continuó después durante 40 años vestida con uniforme militar. Esa España que pareció modernizarse y superar sus mezquindades durante la transición, y que ha desembocado ahora en el peor de los escenarios posible: un país con un Gobierno de sonrisas y talantes, al que no podemos sustituir porque carecemos de alternativa. La oposición ni siquiera llega a ese mínimo nivel de idiotez.
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