El hombre ya no se define esencialmente por lo que produce, por cómo lo produce ni por lo que consume. El hombre siente necesidad de diferenciarse para identificarse, y son precisamente las diferencias culturales las que lo definen.
Es este el título de un libro que debo de tener perdido entre los desórdenes de mi biblioteca y que me parece sugestivo, sobre todo, en estos tiempos de cacareada globalización, impersonalismos penitentes, y severo sometimiento a las redes de la comunicación donde estamos atrapados. Y de las que se hace difícil salir, porque su mensaje torticero es que desde su cogollo se respiran los aires de la novedad, de modernidad y todas esas palabrejas inventadas por los quitasueños y los especuladores del lenguaje, muchos lacayos que no dicen de quién porque les da vergüenza confesarlo.
Nos sugiere este enunciado que en el mundo de las relaciones personales y políticas hay unos gigantes (los Estados) con la pretensión de dominar todo lo que se les ponga por delante, así como de acoger bajo su paraguas protector a los pocos (naciones sin Estado), a los pobrecitos, a los desheredados para guiarlos hacia no se sabe dónde.
Sin embargo, los "pocos" abundan más que los muchos si un día se les ocurriera sumarse y con su fuerza mirar con decisión hacia delante, dejando atrás viejas rémoras; otro gallo cantaría en un gallinero donde de momento unos cantan y el resto oye.
La fuerza de los pocos se agrandaría si se caminara a un solo toque y no inducidos por la inconsciencia o borrachera colectiva, sino por supervivencia y por dignidad política. Las algaradas por sí solas apenas dicen, los gritos ensordecedores caen en el vacío y son mero retumbo en los barrancos, si hablamos de nuestras Islas, pero las reflexiones inclinadas a mover un tiempo histórico sí que saben y tienen la capacidad suficiente para abrir caminos y diseñar nuevos destinos.
Los pocos con decisión, entusiasmo e inteligencia pueden darle la vuelta a la tortilla, porque seguro que en ellos anida y no se ha evaporado un lugar para la esperanza. Y desde la discrepancia de no aceptar lo que está instituido (ya caduco) establecer de manera definitiva conversaciones sobre "la diferencia".
Se trataría de convivir, no de convencer, porque los procesos históricos están ahí y entre todos los hemos fabricado. Por eso, lo importante y necesario sería poner las cosas en su sitio para un nuevo arranque.
De ahí que la fuerza de los pocos no habría que echarla en saco roto, ni ser motivo de chanza ni de carcajada, y menos por los que pasan por nuestro lado perdonándonos la vida.
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