ALLÁ POR EL AÑO 1900, el Gobierno de España finalmente decidió crear un laboratorio para que Santiago Ramón y Cajal pudiese continuar sus investigaciones. Hasta ese momento las realizaba en su casa y las pagaba de su bolsillo. Además del laboratorio, las autoridades le asignaron un sueldo al eminente científico. Cajal, horrorizado, se negó a percibir tales emolumentos. Inmediatamente exigió que se los rebajaran a una cantidad simbólica ya que, según sus palabras, en cada céntimo que cobraba veía el sudor de un campesino obligado a trabajar de sol a sol no sólo para sostener a su familia, sino también para costear un aparato estatal de políticos decadentes e inútiles, que habían llevado al país a la crisis del 98.
¿Ven los parlamentarios canarios el sudor de los isleños cuando cobran sus lucrativos sueldos, dietas incluidas? Lo dudamos. Si fuesen conscientes de lo que le cuesta a cada ciudadano aportar a la Hacienda pública el dinero que ellos tan alegremente dilapidan, o con tanta avaricia se asignan como paga, se les caería la cara de vergüenza. Pero nuestros diputados autonómicos ignoran el decoro y desconocen la vergüenza. En realidad, no saben ni de qué color es. Su único afán son ellos mismos, y su única tarea es atropellar al pueblo. A algunos los hemos considerado personas serias. No lo son.
No hay dinero para abrir los registros civiles por la tarde. ¿Y por qué no se lo piden a los diputados del Parlamento de Canarias? ¿Por qué no se hace una colecta entre personajes tan bien pagados? Y luego se quejan de que el pueblo los desprecia. Qué lacra para esta tierra. ¿Hasta cuándo hemos de esperar la devolución de nuestra soberanía? Una situación nueva que nos permita librarnos de los políticos y cargos públicos actuales, podridos por años de permanencia en la poltrona hasta el punto de que se han convertido en la carcoma del pueblo canario. Vampiros que le chupan la sangre a los trabajadores y a las familias, que ven con amargura cómo las devora la crisis económica, mientras que ellos, los políticos, viven rodeados de boato. Ni siquiera se toman la molestia de suprimir las tres grandes mentiras de un Estatuto que, además, no sirve para nada. La tercera isla mantiene el falso apodo de grande, perdura el orden alfabético para situar a Tenerife en último lugar y el escudo oficial continúa tergiversado.
Mientras tanto, los diputados autonómicos viajan a Cuba. Lo hacen a escondidas, abochornados de que se sepa que han ido a visitar a los Castro; a los tiranos de un pueblo hermano, que con tanta generosidad acogió en su día a los canarios. ¿Podemos seguir sometidos por la Metrópoli y esquilmados por una descarada clase política?
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