ALGUNAS NOTICIAS le levantan el ánimo incluso a los pesimistas recalcitrantes en estos tiempos de aprieto. Verbigracia, la subida de sueldo de los parlamentarios regionales, que siguen callados a ver si se hace más de noche y la gente se olvida. La gente no se olvida, pero no importa. Hasta el más subversivo hijo de vecino está aclimatado a la calamidad de lo inevitable. Es decir, al mangoneo, la mamandurria, el despotismo y, en definitiva, la patente de corso para hacer y deshacer a su antojo de quienes ostentan el poder en cualquiera de sus grados. Cierto que de vez en cuando algún munícipe, por ejemplo, da con sus huesos en el despacho de un juez, que lo interroga sobre cualquier asunto un poco raro y, si lo estima oportuno, lo encierra un par de semanas para escarmiento colectivo. Pero son pocos en este país penoso los que purgan una parte de sus culpas al menos con la pena del banquillo. Los demás cabalgan a sus anchas. Acaso por eso cierto alcalde del Norte de Tenerife no padeció el menor sonrojo al decirle a un grupo de vecinos que fueran al juzgado si no estaban de acuerdo con una de sus decisiones. "Total, nosotros ya estamos acostumbrados a los juicios".
Los políticos están demasiado acostumbrados a los juicios populares. No estoy en la cabeza de cada uno para saber si les importan mucho, poco o simplemente nada las críticas que han de escuchar a diario. En cualquier caso, les presumo cierta dosis de tranquilidad, pues de sobra saben que a la hora de votar, aquí -y en cualquier parte de este país esperpéntico- la gente opta por un partido u otro no en función de un programa cumplido, unas promesas rotas o una eficacia dudosa; la gente vota, cuando lo hace, movida por una ideología determinada. Por eso hace Rajoy lo que hace.
Aunque no sólo los políticos. También los profesores saben muy bien, porque lo han aprendido con más aprovechamiento que el de sus alumnos a la hora de estudiar matemáticas o lengua, que nunca les montarán una manifestación por fuera de su instituto a cuenta de la calidad de la enseñanza que imparten. Saben muy bien que jamás los despedirán por un excesivo fracaso escolar, como despiden las empresas serias -y hasta los equipos de fútbol de tercera regional- a los ejecutivos -o entrenadores- que no dirigen con diligencia. Saben muy bien que la culpa del fracaso escolar siempre la tienen los políticos, pese a que Canarias es la comunidad que más invierte en la enseñanza de cada alumno no universitario. Y saben muy bien otras muchas cosas, cuya enumeración exhaustiva omito porque se me acabaría el folio.
De esas cosas que saben -pero callan- nuestros docentes, subrayo sólo una: "Un docente canario cobrará este año hasta 6.900 euros más que uno asturiano". Este es el título de una noticia publicada el miércoles por EL DÍA. Les dejo a ustedes la tarea de comprobar si los índices de fracaso escolar asturianos son los mismos que los canarios.
Sea como fuese, no me parece mal que el Gobierno autónomo equipare los sueldos de los docentes vernáculos al que disfrutan otros funcionarios. Eso sí, no estaría de más que se equipararan también las vacaciones y, por supuesto, la eficacia. Lo demás, incluidas las caravanas automovilísticas, me parecen tan impresentables como la silenciosa subida de emolumentos de sus señorías.
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