ES MÁS QUE PROBABLE que sólo aquellos pacientes lectores de nuestra misma generación comprendan que no comprendamos el enrevesado asunto que envuelve a la otrora hermosa playa de Las Teresitas. Hace cuarenta años (que se dice pronto) no existía ningún problema en aquella zona. Los que entonces (hace tiempo que dejamos de visitarla) la teníamos como favorita para los reparadores chapuzones, apenas debíamos preocuparnos por si había bajamar o pleamar. En este último caso, lo incómodo y, a veces, peligroso del baño, debido a la presencia masiva de callaos y, por tanto, ausencia total de arena, nos aconsejaba elegir otra opción para el solaz. Insistimos: era el único inconveniente que presentaba la playa para su uso adecuado y sin correr ningún daño (el mar cuando arrastraba... arrastraba). Sin embargo, un día cualquiera de un año de la década de los sesenta (un día negro, por cierto), alguien pensó que aquella playa no podía ser utilizada por unos pocos bañistas que se atrevían a desplazarse desde el Chicharro en guagua por aquella tortuosa carretera, por los vecinos del barrio de San Andrés y por otros pocos despistados turistas que aparecían por allí, sobre todo, al atardecer. Y comenzó lo que hoy, cuarenta años después, muy pocos entienden y muchos, también, comenzamos a protestar por esta situación que se prolonga en el tiempo y que perjudica, como es natural, a los menos pudientes, al pueblo llano que ya no dispone de una playa pública.
Alguien debe explicar a los ciudadanos por qué no ha habido ningún gobernante en estas cuatro décadas que se hubiese empecinado en, simplemente, adecentar la playa. Nadie sabe el motivo de la repentina desaparición de los tres o cuatro chiringuitos que había por allí y que prestaban un magnífico servicio al usuario, como es el de apagar la sed con una buena cerveza. Ni tampoco el por qué de la aparición repentina de ese edificio al comienzo de la playa. Ahora es necesario ir al cercano barrio de pescadores en busca del pincho perdido. Lo único cierto es que, desde el momento en que se intente profundizar en el caso, más despistados terminamos todos. Parece, únicamente parece, que se trata de una gran operación especulativa en la que están interesadas personas conocidas del mundo de la política y de la construcción. Cuando escribimos estas líneas, la magistrada del Tribunal Superior de Justicia de Canarias Carla Bellini ha imputado a cuatro personas por presunto delito de apropiación indebida. Las actuaciones siguen bajo secreto del sumario.
Si se habla de tantos millones, "pelotazo" en román paladino, tiene que existir, sin duda, una enorme discreción (es una expresión menos dura) que tape esa realidad de las cosas. Porque aquí, como afirman algunos interesadamente, no se trata de temas banales. Otros, en la acera de enfrente, sueñan, enfermizamente, con ver encarcelados a todos los imputados. No debemos olvidar, en cualquier caso, que una magistrada y una fiscal llevan mucho tiempo escudriñando en la montaña de informes que deben llenar sus despachos. Mientras, el pueblo de San Andrés sigue en el olvido y continúa sin la construcción del necesario y perentorio espigón que lo proteja de los embates. Este año, como es habitual, se han producido varios. Pero esto carece de importancia para ciertos políticos e individuos que reciben diversas prebendas por defender, a costa incluso de hacer el ridículo, al patrón. Y así, se escuchan manifestaciones lastimosas que tratan de enterrar lo evidente. Nadie contesta a la cuestión del espigón como tampoco si hay estudios para el acceso a Las Teresitas cuando ésta, dentro de un tiempo desconocido, sea, por fin, la playa de todos los tinerfeños y visitantes... si éstos no eligen para sus vacaciones Marruecos y sus preciosas playas sin conflictos. El misterio sigue su camino y el ciudadano de a pie busca, con el bañador en la mano, un vestuario donde cambiarse. De pena.
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