Durante un tiempo, por fortuna no demasiado largo, algunos columnistas escribieron alma pater como supuesto equivalente masculino de alma mater. Expresión latina que significa, en contra de lo que pensaban, no el alma madre, sino la madre nutricia; la que alimenta. En cuanto algunos eruditos del lenguaje les mostraron el error, nadie, salvo algún belillo ocasional, ha vuelto a meter la pata.
No ha cesado, en cambio, el afán por trasladar al lenguaje la igualdad de sexos. Tampoco merece la pena comentar la conferencia que dio el otro día la ministra de Igualdad, Bibiana Aído. Su referencia al Consejo de Ministros y Ministras ya está en los anales del despropósito por derecho propio. Aunque su mención de miembros y "miembras" tampoco desmerece nada a la hora de mostrar su nivel neuronal. Sobre todo porque un par de días después, y a la vista de la burla nacional -incluso entre miembros y miembras de su propio partido-, añadió que el diccionario debería incluir tal término. En fin, los cacharros hacen más ruido cuanto más vacíos están. Y las cabezas, también.
La culpa de estas cosas no la tiene la señora Aído, sino quien la hizo ministra para algo superfluo. La igualdad entre hombres y mujeres está recogida en todas nuestras leyes afectadas por este tema. En consecuencia, su cumplimiento estricto obliga a todos los españoles. Sobra un ministerio que cuenta con un presupuesto anual de 100 millones de euros, amén de otros 600 procedentes de departamentos que ya desarrollaban acciones para que una mujer no sea menos que un hombre en ningún aspecto.
Omito comentar otras ocurrencias de la guapa ministra, como la necesidad de redefinir la masculinidad o el teléfono para maltratadores, que al final no es para maltratadores sino para los hombres que se sienten perdidos ante el fin de la sociedad patriarcal. Yo, lo confieso sin rubor, me siento más perdido que un canarión sin GPS. Estoy tan desnortado que cuando llamo guapa a una ministra añado siempre la coletilla "dicho con todo el respeto", habida cuenta que con frases semejantes se roza, en la España de hoy, el acoso sexual. Asunto distinto es que llamase bello a un caballero. En ese caso, lejos de ocurrirme algo malo, posiblemente sería aupado a un puesto por encima de mis posibilidades. La propia Aído pasó de directora de la Agencia para el desarrollo del flamenco a ministra de Igualdad porque llamó guapo a Zapatero en un mitin.
Así es el nuevo esperpento. Hasta Valle-Inclán se asombraría. Esto es superior a sus relatos sobre Isabel II, cuando llamaba a su camarera para que le echara las cartas antes de nombrar al jefe de su gobierno. Supongo que no todo el PSOE es así. Bueno, no lo supongo; estoy convencido de ello. Cierto que al iluminado de Zapatero no se le puede pedir mucho más que a su ministra de Igualdad, pero a los socialistas serios sí. Y no es mucho pedir no sólo que acaben con esto, sino que tampoco anden hablando de mociones de censura en Canarias. Salvo que cumplan su deseo de convencer a alguien de CC, claro. Llevan mucho tiempo intentándolo sin éxito, pero quien la sigue, la consigue. Y viceversa, para que no se enfade la ministra Aído.
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