SON dos palabras, como tantas otras, que deberían haber quedado abolidas del vocabulario moderno. El comportamiento o actitud, en cualquier parámetro de la vida actual, sea sentimental, personal, profesional..., revestido de la toga feroz o fiera es altamente perjudicial para la salud y puede provocar serios trastornos al organismo. Conducirnos de manera privada o pública, armados de esa sangre inyectada en las pupilas, es contraproducente y tóxico. Sin embargo, algunos conflictos del presente parecen recordarnos al fantasma.
El diccionario describe, en el caso de ferocidad, y referido a "fiero" que se dice de los animales sin domesticar y de aquel agreste e intratable que profiere baladronadas, amenazas o bravatas, con que intenta aterrar a otra persona. En el caso de fiereza, la atribuye a los brutos, que actúan con inhumanidad y crueldad de ánimo. Son conceptos, ambos, que incluyen desafío de superioridad encarada.
Antiguamente, en las batallas, podía tratarse de una cualidad que definía la victoria. Los relatos de la ferocidad de los vikingos o los hunos son legendarios y dibujan bien poco de aquellas épocas. Pero desgraciadamente son actualidad continua. En la calle, el otro día vi a dos chicas, taxistas ambas, liarse a la piña, o más bien, por los pelos, fuera de contexto. Parecía, y sigue pareciendo, algo referente a la testosterona masculina (violadores, pedófilos, pederastas, maltratadores... son casi todos, o yo diría que incompletos hombres) pero ellas, a veces por detrás, también meten caña de ferocidad o fiereza. En el estadio aseguran que las mujeres son las peores y personalmente, aunque no opino así, presencié el incidente entre uno que, recibiendo improperios masivos de "una fiera" (no supe el porqué), tuvo que insultar al señor de al lado, pa'poder coger a alguien de la pechera. Conozco a otro que en un partido de primera federado, jugando de visitante al fútbol, en el campo antiguo del Candela (donde están los aparcamientos del paseo), recibió un regalo de la madre de un integrante del equipo local, que le enganchó un bolsazo en toda la chopa. Se le bichó la gamba a la señora y parece que era habitual el regalo. Digo que la agresividad, como última exteriorización, no es únicamente patrimonio de un sexo ni de un tipo social ni de nada. Es producto de la antigüedad retrasada del pasado bestia y, como expresa el diccionario, de la brutalidad. Tampoco es lo contrario, la claudicación del manso. Plegar velas. Los judíos, antes de tener Estado, decían: "Si son muchos nos marchamos, si son pocos nos escondemos, y si no hay ninguno, ¡vamos contra ellos!". Pero ya opinan de otra manera. A, por ejemplo, la selección española se le pide encarecidamente un plus de fiereza, claro que en este caso desde un espíritu jocoso y deportivo. Así pasa. Pero ahí está el peligro. Lo malo es malinterpretar hasta dónde llegamos en la competitividad.
En el territorio ibérico ya se han producido dos muertes directas en la huelga de transportistas, que en principio representaba uno más de los numerosos conflictos laborales que asolan el panorama económico. La actuación de los piquetes y la sin razón disparatada de uno que se va a quedar sin partes, o mejor, las dos partes, ha producido un atentado contra el bien más preciado del universo conocido. ¡la vida humana! Y no hay derecho a que la palabra y las diferencias no puedan encontrar un terreno de debate justo, con movimientos razonados y razonables, de los rivales o polos.
En las Islas, el conflicto de los profesores no universitarios, del que ya he opinado en concreto, está enquistado, y otros parecen dirigidos y gestionados por los dos extremos de la cuerda, con altas dosis en algunos casos (huelga de hambre...) de inclinación al abismo negro de la descalificación e improperio, y parece que echando humo por los respiraderos.
Lógica, razonamientos, cesión, sentido común, verbo, comprensión, prudencia, visión, mano izquierda, concreción, trabajo, actitud... Hay cauces y formatos preestablecidos, vamos a dialogar. Los canarios siempre se han caracterizado por ser cosmopolitas, por difuminarse en el universo de las ideas y palabras. Aquí no gusta la violencia -hacemos bien- para no convertir todo en un despropósito. Ciudadanos del mundo desde la única realidad tangible: la isla, las islas, el archipiélago, el Atlántico.
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