1.- Que nadie tema cumplir cincuenta años, sobre todo cuando veo cómo llevan esa edad algunas amigas. No voy a personalizar, pero con la esperanza de vida de este país ha aumentado la lozanía y la prestancia de la generación anterior a la mía. La mía está más cerca de la tercera edad que de los maravillosos 50 años, que ahora puede decirse que son la segunda flor de la vida. Nosotros cantamos la década de los sesenta con un entusiasmo sin límites, porque significaba romper con muchas cosas del pasado. Pero, en aquellos años, echar un quiqui era una heroicidad; y así corrió Luis Miguel Dominguín para contar el famoso polvete con Ava Gadner . No paró hasta que lo supo todo Madrid. Los setenta fueron la edad de Palmera; es decir, que todo volvió a ser distinto cuando la diñó el dictador y aquella lluvia de libertad empapó nuestros días. Los abuelos de hoy todavía pudieron celebrar tardías victorias apuntándose al carro de la década y devolviendo las llaves de la moto a cualquier hijo de vecino. Hoy los "palmeras" son unos carrozas. Y yo más.
2.- No es bueno faltar el respeto al pasado. El pasado existe y en realidad no fue mejor, sino que nos recordamos más jóvenes. Filosofar sobre la vida es bueno, a veces, sobre todo para mí, harto de otras cosas que no sean disfrutar de lo que tengo y de lo que tanto me ha costado. No renuncio a nada y creo que esto me da mucha vida. Viajo, leo, escribo, gozo con la vida y no cuento nada más para no suscitar otras envidias de las precisas. Algunas de mis amigas de los espléndidos 50 años se han puesto como trenes y otras -y otros- están acabados. Son las dos caras de la moneda de la vida. Espabilen, que se venden cremas para todos los gustos y para todos los rostros.
3.- Una de estas afortunadas señoras, que tiene alrededor de 50 años muy espléndidos, le ha prohibido a su hija, de 23, que la llame mamá en las discotecas. Puestas al lado, parecen hermanas. Tiene razón la madre y la hija deberá recatarse en lo de la propagación del parentesco. Debe decirle, sencillamente, María . Hombre, siempre puede hacer uno mucho más. Yo debería caminar cinco kilómetros diarios y no lo hago; no debería tomar tanto dulce y tampoco hago caso al médico; no debería escribir de noche y escribo. Posiblemente no viviré como quien se cuida hasta el infinito. Ahora tocaría analizar si vale la pena tanto sacrificio o tampoco hay que pasarse.
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