1.- El pasado fin de semana navegué por el Danubio y pude ver una parte de los hermosos viñedos de sus riberas austriacas. El Danubio no es azul, como sostenía Strauss , sino que tiene un color marrón/arrastre que le quita bastante poesía, sobre todo ahora que las lluvias han crecido el río, que discurre a un metro por debajo de su límite. Qué hermosos son los campos austriacos y cómo los disfrutan sus habitantes, que aprovechan el buen tiempo para extender sus mesas plegables en las mismas huertas y permanecer en ellas hasta entrada la tarde. Atendiendo una invitación del matrimonio Ferrero-Waldner , él director del Instituto Cervantes de Bruselas, ella comisaria europea, disfruté de dos días muy intensos en Baden y alrededores; un pueblo residencial austriaco en el que noventa jardineros cultivan las rosas más hermosas del mundo, una de cuyas especies lleva el nombre de Benita , en honor de mi amiga, miembro de la Comisión Europea.
2.- Estas escapadas del fin de semana me encantan. El país estaba tomado por los hinchas de los equipos que disputan la Eurocopa; aún así Austria tiene encantos suficientes, tanto naturales como humanos, para disfrutar de dos días de descanso, que como siempre fueron agotadores (la manifiesta contradicción vale la pena). Una charla interesante con miembros del staff de la señora Ferrero, más de treinta jóvenes profesionales, bien formados, bien curtidos en las trincheras diplomáticas de todo al mundo, dos de ellas españolas y el resto británicos, austriacos, belgas, etcétera. Adoran a su jefa, que fue ministra de Exteriores de su país y que ahora desempeña el importante mandato en la Comisión, también en los asuntos del exterior.
3.- Estoy intentando que Benita Ferrero-Waldner pueda adaptar unas fechas de su agenda en octubre, para presentar un libro que su marido y yo estamos preparando para estas Navidades. Comprobado, pues, que el Danubio no es azul, el barco se deslizaba a favor de la corriente, dejando en las orillas castillos y conventos muy antiguos de esa vieja y resplandeciente Europa. En el escaparate de una tienda, en vez de soldados de plomo, las figuras, también en plomo, de Sissy emperatriz y de Francisco José . Cerré los ojos y era un niño, sentado en una butaca del Topham presenciando la película de la inolvidable Romy Schneider . El conde Max sonreía desde una almena, vestido de tirolés. Entonces el Danubio era maravillosamente azul, tal y como lo interpretaba Strauss.
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