ES UN HECHO constatable que la imagen de los ancianos ha cambiado en los últimos años. Aquella entrañable figura del abuelo con boina y bastón, y la abuela vestida de negro y con pañuelo en la cabeza, tan característica de los ancianos, ha dado paso a un ser más urbano y con un aspecto más estético y acorde con los tiempos actuales, pero no sólo en el porte, sino en los hábitos de vida.
En efecto. El aumento de la calidad de vida también ha repercutido en la imagen de los ancianos, de tal manera que a ellos también les ha repercutido en su salud y en su aspecto, que nada tiene que ver con el de hace treinta, cuarenta o más años.
A este cambio ha contribuido también el hecho de que los ancianos/as, por lo general, y cuando no tienen que ejercer forzosamente de abuelos cuidando a sus nietos para que sus hijos puedan acudir al trabajo, sobre todo en épocas vacacionales, tienen más tiempo libre. Ese tiempo libre les permite leer más, viajar, aunque sea con las ofertas del INSERSO, pasan muchas horas al día oyendo la radio y viendo la televisión, incluso hay quienes se matriculan en cursos para mayores que organizan algunas universidades, administraciones públicas, asociaciones de vecinos, etc. Y esto ¿qué significa? Pues que están muy bien informados y con un excelente sentido crítico, es decir, ser anciano no es sinónimo de pasividad, conformismo, etc. Todo lo contrario, son personas que están en la sociedad, viven de ella, con ella y para ella. Están al día en política, economía y, especialmente, en temas relacionados con la salud y la alimentación. Suelen ser ellos quienes informan y aconsejan a sus hijos y nietos sobre cómo alimentarse y prevenir ciertas enfermedades. Así pues, por lo general, los ancianos gozan de buena salud y con elevados niveles de vida. Están presentes en la sociedad y les interesa todo lo que ocurra a su alrededor. Están aquí y ahora. Por eso, deben ocupar un lugar en la sociedad como grupo social que es y con todo aquello que pueden ofrecer, como por ejemplo, experiencia, sabiduría, paciencia, tiempo y ternura. Los ancianos de hoy están vigentes, en plena actividad. Muchos de ellos son científicos, sabios, escritores, pensadores, políticos, artistas, etc., con más de ochenta años.
Hoy, incluso, los ancianos se casan por segunda o tercera vez, conducen un automóvil, hacen deporte, nadan, practican taichí y yoga, compiten, hacen de todo, como en la antigüedad, cuando a los ancianos se les tenía como autoridades respetables y respetadas; los senadores de Roma se elegían entre las personas de más edad; en España, los jueces de Castilla que administraban la justicia consuetudinaria eran ancianos, lo mismo que los valencianos componentes del Tribunal de las Aguas. Y el rey Alfonso X El Sabio fundaba las definiciones y leyes de las Partidas en aquello que "los antiguos acostumbraban" y explica todo "según decían los antiguos".
Familiares y autoridades deben velar por que los ancianos/as alcancen una mayor aceptación social, calidad de vida y, por ende, un menor aislamiento y una mayor integración, ya que eso repercutirá beneficiosamente sobre la autoestima personal, de manera que se sientan llamados a salir de sí mismos y a valorarse como personas.
No olvidemos que en España, actualmente, hay más de siete millones de personas mayores con voz y voto para poder hacer sentir su fuerza en las urnas. Cualquier gobernante que se precie debe reconocer y valorar el peso de este grupo poblacional. Hay que defenderles, apoyarles y considerarles en los medios sociales. Hay que fomentar su ocupación y actividad. Hay que atender a su salud, a su bienestar y a su deseo de ser empleados, aunque ya no sea sólo por respeto ni por valorar su experiencia, sino por necesidad y por pagar una deuda que la sociedad tiene para con ellos. Es justo y necesario.
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