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EN EL CAMINO DE LA HISTORIA JUAN JESÚS AYALA

Puerto Rico

12/jun/08 01:20
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DESDE LA INVASIÓN norteamericana, Puerto Rico ha sido un territorio dependiente de los EEUU y, en realidad, aunque se hayan sorteado vericuetos para adaptarlo a la nueva situación, esta nos dice, y más a los puertorriqueños, que su país es una colonia más.

Los puertorriqueños son ciudadanos de segunda en la medida en que no tienen los mismos derechos políticos que los norteamericanos y que tampoco son compensados al no tener registrado entre sus normas y leyes el derecho a la autodeterminación.

Desde la vertiente del nacionalismo puertorriqueño se define a Puerto Rico como "una colonia por consentimiento" o, como dicen también, "un estado colonial asistencialista moderno" con la concesión generalizada de algún tipo de transferencias encuadradas en diferentes departamentos, pero sin plena autonomía en las decisiones a tomar.

Pero por ahí no quieren pasar los nacionalistas e intentan, desde tiempo, poner en la voz de la denuncia esta subordinación o desigualdad y se sitúan en dos vertientes o, por un lado, se considera este territorio con la plena integración política jurídica como un estado más de la Federación o bien optarían por la independencia.

El partido independentista, el PIP, tiene marcada influencia en la sociedad puertorriqueña, no tanto en el resultado electoral, que va en línea descendente, entre el 18% en 1952 y el 3,8% de 1996, como la atención que merece por la sociedad y cada vez mas patente su influencia en esta.

Ante esto, y dado que el modelo de Estado libre asociado no traduce ese significado pomposo que se pretende dar, han optado, y están en ello, por poner en práctica lo que se denomina "Pacto de Soberanía Asociada". Lo que viene a significar, ni más ni menos, que un pacto confederal de igual a igual, donde las instituciones de gobierno de Puerto Rico tengan plena independencia para la dirección política interior y exterior dentro de un espacio económico compartido con moneda común, defensa común y ciudadanía dual.

De esa manera, Puerto Rico se consideraría como un pueblo que se constituye ante sí mismo y ante el mundo como una entidad con plena soberanía jurídica sobre sus habitantes y su territorio.

Si esto un día pudiera lograrse a través del esfuerzo político y social por medio del partido independentista de Puerto Rico, no cabe duda de que pudiera despertar reticencias con otros Estados de la Unión, que pudieran desnivelar las exigencias de un Estado y otro, lo que podría desestabilizar el equilibrio del federalismo centralizado y territorial estadounidense.

Pero esto está así y en esa dinámica esta parte de la sociedad de Puerto Rico.

Este Pacto de Soberanía Asociada está mejor pensado para aquellos territorios que pugnan por zafarse de viejas trabas y que pretenden circular por el mundo, por el suyo y entre los demás, con más libertad y con más opciones de poder realizarse como pueblo, pero, eso sí, sin perder de vista los lazos culturales que han venido sosteniendo en el tiempo con otros pueblos que en un tiempo hicieron vida política común.

Romper y hacer limpia de todo es un error. Ni aun aquellos que han supeditado sus exigencias al control de poder central quieren oír hablar de ello, porque supone un retroceso, y más que nada porque la voluntad de la mayoría hay que oírla, y en el espacio democrático en que nos movemos es lo que hay que respetar. Pero cuando se intentan suplantar las exigencias de la mayoría con otras que bien pudieran ser de tipo personal, o de algún tipo de estrategia a espaldas del resto, entonces surge el desconcierto y el deterioro de un proyecto que hay que elaborar con inteligencia.

En este tiempo de efervescencia nacionalista es cuando precisamente los nacionalistas deben afinar sus reflejos, así como saber mirar para detrás, porque muchas veces las traiciones son las que hacen que pierdan los ritmos en el retumbo de la nada.

Los nacionalistas de Puerto Rico están considerando someter a debate este nuevo tipo de relación con los EEUU y quizás estén dando en la diana Y, además, pudiera ser motivo de reflexión para los nacionalistas del otro lado del Atlántico cómo se pudiera establecer la relación entre los Estados.

Pero para ello, sigo opinando que habría que ir primero que nada a considerar si los territorios que piensan ir por ahí pretenden confederalizarse empujados por una conciencia nacional perfectamente decantada, real y no imaginada, porque, si no fuera así, estaríamos instalados en la ambigüedad, en la desidia y transitando a trompicones y haciendo política de tierra quemada que nos llevaría a ninguna parte.

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