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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Un salto hacia el pasado

11/jun/08 01:25
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Los teóricos del trabajo establecieron en su día que el ocio es no sólo una aspiración legítima de la sociedad moderna, sino también una consecuencia necesaria del desarrollo. Sabemos astronomía, matemáticas, biología y cuantas ramas de la ciencia hemos desarrollado desde la antigüedad porque inventamos la agricultura. Antes de cultivar unas escuetas huertas junto a las chozas de los poblados, todos los miembros de la tribu debían afanarse en la búsqueda del sustento individual. Al ahorrarse en parte la ardua, y no siempre fructífera, tarea de la recolección al azar, los cultivos liberaron una sustancial cantidad de mano de obra que quedó disponible para otras labores. Por ejemplo, mirar al cielo por la noche y empezar a entender los rudimentos de la mecánica celeste. Lo cual aportó el beneficio práctico de saber con precisión cuándo empezaban las estaciones y, en consecuencia, cuándo convenía sembrar para que la cosecha fuese más abundante. Una agricultura más perfeccionada, unida a una primitiva pero no menos eficaz ganadería, supuso una mayor cantidad de recursos para la comunidad y también, de forma lógica, una menor exigencia de mano de obra para abastecer las necesidades básicas.

Lo ocurrido desde entonces hasta ahora pertenece a la prehistoria y la historia de la humanidad. Hemos llegado al nivel de vida actual, con nuestras grandezas y miserias tanto materiales como intelectuales, porque hemos tenido tiempo libre para pensar. O, al menos, porque algunos de nosotros lo han tenido.

Este proceso de liberar recursos humanos para las tareas imprescindibles dio un salto significativo con la llegada de la revolución industrial. Pero entonces surgió de forma grave el problema del desempleo. El sindicalismo, todavía débil, era incapaz de poner un límite razonable a la jornada laboral. Para los patrones resultaba más rentable contratar a diez obreros que trabajasen los siete días de la semana, doce horas diarias, que quince operarios con descanso semanal y una jornada no tan abusiva. Por añadidura, con una oferta de trabajo siempre más exigua que la demanda, se ejercía mayor presión sobre el empleado; quien se portaba mal, pasaba de inmediato al grupo de los mendicantes de colocación. Un estigma más temido que la propia peste.

Muchos filósofos y sociólogos se han pronunciado sobre la necesidad de contar con más tiempo libre. No sólo para vivir mejor, sino para que haya suficiente trabajo para todos. Marcuse predicaba la conveniencia de establecer las necesidades individuales y no trabajar más de lo imprescindible, pues de nada nos sirve disponer de coches muy potentes si con ellos no podemos escapar de unas ciudades que nos aprisionan, y frigoríficos llenos de alimentos que no tenemos tiempo de consumir.

En definitiva, habría que pensar en trabajar sólo tres o cuatro días a la semana, eso sí, ganando menos y también gastando menos en un consumo superfluo, a cambio de que un mayor número de personas estuviesen empleadas y pudiesen acceder a dicho consumo. Nada más lejos de la realidad. Europa acaba de abandonar la saludable senda del estado del bienestar, lo único que nos sitúa por encima de Norteamérica, para dar un salto atávico y volver a la jormada laboral de no sé cuántas horas semanales. Un retorno no a las chozas, sino directamente a las cavernas.

rpeyt@yahoo.es

 

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