QUÉ FÁCIL RESULTA destejer lo difícilmente tejido. Qué sencillo parece, tras doce horas de debate ministerial en Bruselas -y cuatro años de resistencias retardatarias-, romper el techo de la jornada laboral, las cuarenta y ocho semanales conquistadas hace noventa años, para poner el tiempo de trabajo, es decir, al trabajador, en la deliciosa libertad de pactar individualmente con la empresa las horas a trabajar por semana. Gracias le sean dadas por los derechos sociales malparados al admirable liberalismo "neocon". Hasta sesenta horas podrá dedicar semanalmente un empleado a su patrono -tiendecilla o multinacional- si así lo acodasen uno y otro libremente. O hasta sesenta y cinco horas algunos colectivos especialmente diferenciados, como el de los médicos.
Pero los veintisiete ministros de Trabajo, o Empleo, de la UE habrían sentido cierto rubor al dejar al trabajador, que suele ser la parte más débil de la relación laboral, en situación más bien desprotegida frente a la parte generalmente más fuerte, como es la empresa, por lo que se exigirá que el aumento de horas de trabajo no sólo sea aceptada por el trabajador sino que en el pacto conste su firma. A quien necesita un empleo le daría igual firmar que decir que sí.
España se ha abstenido porque al ministro del ramo Corbacho le parece, igual a Maravillas Rojo, secretaria general de Empleo, que esta directiva comunitaria supone "un retroceso en los derechos sociales", añadiendo el ministro que Europa no debe ser sólo un espacio económico, aunque lo sea, sino "el espacio de los valores, el espacio de los derechos". Y ahí se acercaría más al sentir de una mayoría de los cerca de quinientos millones de pobladores de la UE que la tecnocracia de Bruselas, la frecuente petulancia absolutista de los consejos ministeriales de la UE y algunos mandatarios que, a la luz de sus actitudes públicas y privadas, se representarían más a sí mismos que a las sociedades que gobiernan.
Dicho sea esto en honor de Berlusconi y Sarkozy, quienes han inclinado la balanza de los recortes sociales del lado de Londres, desde donde se lleva predicando dos décadas las maravillas de la extrema flexibilidad laboral.
Hace sólo un par de años se hablaba en Europa no sólo de rebajar la semana laboral a treinta y cinco horas, lo que llegó a ensayarse en Francia, sino a regular el ocio de los trabajadores porque el trabajo requería cada vez menos tiempo. Los efectos de la globalización -fracasada, por otra parte, en muchos aspectos- tienden a que se acepte como un simple mal mayor, pero insoluble, el hambre tremenda en un planeta sobre el que cada vez están más confusos los resortes del poder. Porque Berlusconi y Sarkozy no representan a poderes globales; son figuras peculiares en el escenario global. Pero a este Europa amedrentada por las enormes reservas morales que almacena, le hacen daño estos personajes, como a los derechos sociales que cristalizaron en la segunda mitad del siglo XX, tras dos guerras mundiales, y una revolución industrial en la Inglaterra del XIX, de la que salió la clase trabajadora moralmente autorizada a reclamar justicia social, el estado de bienestar que ahora pretende desmantelarse.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD